El tahúr

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Querido diario:

Me levanto este sábado sonriendo aún por la partida de cartas de anoche en casa (evidentemente, Paco, no iba a ser en el casino).

Ya de estudiantes solíamos jugar con frecuencia al abrigo del brasero y la mesa camilla. Curiosamente el invierno era la época que más se prestaba a los juegos de mesa, con la salvedad del verano y las tardes en la playa (qué recuerdos de las partidas de póquer en casa de Julián hasta altas horas de la madrugada). Pero este encierro voluntario ha provocado la reaparición de viejas y sanas costumbres, y entre ellas los juegos de cartas.

Desechado el póquer por razones lógicas, que para mí es como si tuviera dos rombos de los de antes y aún hay un menor en casa, hemos optado por algo más nacional, el “chinchón”, que básicamente consiste en juntar con doble baraja dos tríos, dos escaleras o una combinación de ambos, e ir cerrando dejando a los demás con más puntos que tú. ¡Ah!, y se juega con cuatro comodines.

Pero claro, todo juego de cartas va ligado a los personajes que intervienen. Y empezando por un servidor, poco puedo contar salvo mi mal fario para el juego. Carezco de paciencia, y eso es un libro abierto para el contrario, más si éste es bueno, como estoy descubriendo de mi hijo Rafael que, impertérrito, cierra una y otra vez, hasta el punto de que ayer me echó en cuatro manos.

La palabra tahúr tiene dos acepciones en el diccionario de la RAE, una primera del que es aficionado o hábil en el juego, cual es el caso de mi esposa o mi hijo Rafael; y otra, que es la de jugador fullero.

Y la verdad, sin los tahures de segunda acepción el juego en general sería muy monótono, porque más que juego, que también ligar al tramposo tiene su cosa, se convertiría en un proceso intelectual deductivo presidido por la lógica, y ajeno en suma a la sorpresa y el talento que cualquier fullero, sin duda, despliega en la partida.

 Cuántas películas hacen honor a tales personajes, y cuan divertidos suelen ser, hasta el punto que consiguen el afecto del espectador y el deseo ferviente de que gane la partida usando el as escondido en la manga.

Todos recordamos “El Golpe”, que amén de una melodía inolvidable, rebosaba en la genialidad para el engaño de unos actores con mayúsculas.

Pues bien, descendiendo al escenario de mi casa, y como si de un guión de película se tratase, mi hijo Jesús apunta maneras de fenómeno en tales lides.

Hace unos días mi esposa cogió una primera mano de cartas que contenía tres comodines. Dicha mano había sido servida por mi hijo menor, y todos maldecimos nuestra mala suerte a la par que la contraria que había favorecido a quien a la postre hizo chinchón y nos echó a la calle.

Pero ayer, con ese sexto sentido que tienen las madres, empezó mi esposa a sospechar que la mano de cartas que la fortuna había tenido a bien concederle el día de antes no fuese fruto de la diosa, sino que hubiera sido previamente dispuesta, y no para ella, sino para quien servía las cartas en ese momento.

Y en ese discurrir estaba cuando, terminada la partida que por supuesto ganó Rafael, todos detectamos que Jesús, el puñetero, llevaba un comodín escondido, no en la manga, sino en el calcetín, que para el caso es lo mismo.

Hay que reconocer que el tahúr es un personaje divertido, pero pillarlo lo es aún más, y admito que anoche nos divertimos a lo grande. ¡Ah!, y como buen tahúr, lejos de sonrojarse, se rió de la misma manera, lanzando una frase ya memorable: “Al saber le llaman suerte”.

Alfonso Guerra dijo de Adolfo Suárez que era un tahúr del misisipi.

¡Qué lejos aquellos tiempos de políticos con clase! Pues ya quisiera yo tener a dos personajes de esa talla en nuestro corral político. Estoy convencido, al igual que muchos de ustedes, que habrían llegado a un pacto, con la antelación suficiente y la responsabilidad de Estado que les caracterizaba, para que esta película que vivimos estuviese al menos amparada en la confianza necesaria en nuestros gobernantes.

Y digo Yo, ¿ por qué no retransmiten los debates políticos de aquella época, los entresijos de la apertura democrática o los esfuerzos de los pactos de la Moncloa? En Grecia los llamaban sofistas, y Maquiavelo los elevó a la condición de príncipes.

¿Tahures? ¡Lo que eran es unos fenómenos!

PDA Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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