Las series (y II)

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No he tenido más remedio que retomar el asunto de cabecera ante la multitud de peticiones recibidas, sobre todo de mi familia, incluido mi padre, que ya más relajado por mi abandono de los temas políticos, aunque fueran ficticios, participa conmigo en el descubrimiento de la plataforma Netflix (a ver si consigo que escuche Vittula en Spotify).

Un par de semanas antes de este embrollo contratamos para los padres un canal, en la confianza de que serviría para su distracción, pues a falta, no de encierro, sino de toros, amén de fútbol (por cierto, qué alegría de ser del madrid), y una vez visionada la práctica totalidad de películas del oeste, abrirles un nuevo horizonte en el mundo de las series podría ser divertido para sus ratos de ocio.

Hemos acertado. Hasta el punto que, según me cuenta mi hermano Chema (el de Vittula) que está con ellos estos días, parecen haber vuelto a la segunda juventud discutiendo sobre cual elegir y la temática correspondiente, no sin obviar los momentos previos a cada sesión, recordando la sinopsis, los nombres de los personajes, el momento histórico concreto y los hechos más destacables del episodio anterior. ( Tengo que explicarles que hay un botón que te permite ver un pequeño resumen previo).

Pues bien, después de haber visto la serie “The Crown” ha comenzado la aventura de elegir la siguiente opción. Y mi hermano (bendita paciencia), me escribe solicitando de este servidor consejo o recomendación. Pero no cualquiera, no. La petición se cursa con una serie de requisitos que, a lo visto, parece ser han sido objeto de consenso previo, si bien observados, reflejan una clara imposición materna, no sin cierta concesión al progenitor masculino.

A saber: que no haya tiros, nada de guerra ( se exceptúa la segunda guerra mundial, que como dice mi maestro Manolo Galán, fue la última guerra romántica); nada de deportes ni de ciencia ficción; se admiten históricas y también de amoríos ( que palabra más bonita), pero eso sí, sin escenas explícitas. Creo que no me dejo ninguna otra en el tintero.

Espero que el padre tenga un as escondido en la manga, porque con estos requisitos, ni poniendo a mis hijos a la labor consigo encontrar alguna que se adapte a ellos.

Te asomas al cartel de las series, y el elenco es grande, pero cuando desciendes al contenido, compruebas que se trata de robots, clones, cyborgs, narcotraficantes, presidiarios, policías corruptos pegando tiros a diestro y siniestro, y hasta hay una que se llama “sex education” ( a mi hermano lo manda mi madre a la cama y sin cenar tan solo pronunciar el título). Y si acudes a la temática y buscas comedia, la primera que te aparece es de una familia desestructurada en la que el padre es drogadicto, la madre mejor no lo decimos y de los hijos, el más aplicado, camello. Las históricas no se quedan atrás, pues cualquiera le recomienda a mi padre con lo que está cayendo la de “Troski”o la de la caída de los zares; en las del oeste, la sinopsis de la primera que veo comienza: “…sólo una cosa está clara, correrá la sangre”. Total que me voy a las más vistas, y aquí ya es la pera, la primera, “Toy Boy”, sobre un stripter dispuesto demostrar su inocencia en el asesinato del marido de su amante; la segunda, “Freud”, cuya imagen de presentación es la de una señora de buen ver retorciéndose entre gemidos, que no responden a una torcedura de tobillo precisamente; y la tercera una que se llama “Pandemia”. Pa acostarse, vamos.

A lo visto, querido Chema, te propongo que busques una que se llamaba “Farmacia de guardia” o alguna otra del estilo, como aquélla, cuyo nombre no recuerdo, en la que Arturo Fernández, haciendo gala de su origen asturiano y usando la palabra “chatina”, llenaba toda la serie.

Y tú, como yo, mientras tanto, a disfrutar de las copas de Europa del Madrid.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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