Papel higiénico


Como si de un presagio místico se tratara, hoy viernes trece tuve que ir ha recoger a uno de mis hijos que, proveniente de la pérfida Albión, llegaba al aeropuerto de Málaga a esa hora taciturna en la que el cielo comienza a tomar los tintes de una oscuridad tan aterradora como los tiempos en los que vivimos.

Pero como imagino que a lo largo de este diario habrá momentos tanto para la reflexión como para el pánico, y espero que nunca para el llanto, quiero empezar con un punto de humor que haga más llevadera esta inquietud que nos embarga.

Momentos antes del viaje había acudido al supermercado a fin de aprovisionar mi hogar con ciertos productos básicos, y entre ellos y a lo que vamos, cómo no, con papel higiénico.

Aun hoy desconozco la razón de esa afán desmedido por el citado producto, si bien a raíz de un mensaje que circula por las redes y que mi esposa tuvo a bien enviarme, por cada uno que tose cien necesitan acudir al baño urgentemente por la necesidad que todos ustedes pueden imaginarse.

Pues bien, al llegar al aeropuerto de Málaga me percato de que hay una fila interminable de vehículos ocupando uno de los carriles de acceso y estacionados en línea, con todos sus ocupantes en el interior y, por supuesto, ventanillas cerradas.

Logré encontrar un hueco en dicha fila a unos trescientos metros aproximadamente de la salida del aeropuerto. Y desde allí envié mi localización al teléfono de mi hijo, advirtiéndole que se viniese andando hasta el coche.

Durante los veinte minutos que tardó en llegar entretuve mi tiempo viendo diversos mensajes de las redes acerca de la importancia del preciado papel higiénico para todos los que debíamos afrontar la cuarentena en casa. Al tal punto llegaban algunos, que hasta las planeadoras contrabandistas del estrecho habían decidido cambiar el material, transportando rollos y rollos del deseado higiénico papel. Por más señas, incluso nuestro querido parroquiano Ramón envió un video en el que el jamón ibérico había sido sustituido en la jamonera por cuatro o cinco rollos del codiciado producto que eran debidamente atendidos por un cuchillo jamonero de insignes trazas.

Ensimismado en tales pensamientos vi aparecer al fondo a mi vástago que portaba sendas maletas, ante lo cual me precipité a abrir el maletero para su depósito. Y cual fue mi sorpresa, que al abrir el maletero, delante de todos aquellos vehículos, cuyas miradas de sus ocupantes acechaban cualquier movimiento alrededor, aparece ¡oh, glorioso! el paquete de nueve rollos de papel higiénico de tres capas y muy resistente, que apenas tres horas antes había adquirido en Córdoba. Todos ustedes podrán imaginarse el nivel de estrés al que tan lógica como absurdamente me vi expuesto. Hasta tal punto, que cuando se acercó mi hijo lo primero que escuché de sus labios fue “¡qué haces abrazado al papel higiénico! “.

Consabidos saludos y con la alegría de tener a otro de mis hijos en casa, pusimos camino de regreso a esta bendita tierra no sin previamente depositar en el asiento de atrás del coche el preciado material. Con la autovía a un cuarto de su trafico habitual
llegamos a Córdoba relativamente rápido. Y tras aparcar cerca de casa, recogimos todos los bultos que se hallaban en el interior del maletero, sin percatarnos de que el elemento esencial de la supervivencia se nos había olvidado en el asiento. A medio camino de casa y con una celeridad impropia de mi condición, acudí presto al vehículo no sin antes pasar por mi imaginación que algún ciudadano, atraído por el brillo que se desprendía del interior del coche, había procedido a romper el cristal y sustraerlo.

Cual fue mi sorpresa que al llegar a casa nuevamente con el papel higiénico entre mis brazos, ahora mi esposa, y en un tono más ácido pero no menos humorístico que el de mi hijo me recordó la obra de Quevedo titulada “Gracias y desgracias del ojo del culo”.

Hoy he recibido la llamada de un íntimo amigo de Algeciras que, con esa gracia que solo Dios tuvo a bien conceder a los gaditanos, tras preguntarme si nos encontrábamos bien, ha espetado: “¿pero tienes papel higiénico?”.

-Sí, Antonio, si yo te contara…