Juan Valera y Pepe Jiménez


3 X Jornadas (Delegación de Cultura) / Foto:LVC

El 18 de octubre de 1824 nacía al pie del Parque Natural de la Subbética uno de los escritores más insignes de la literatura española: Juan Valera y Alcalá-Galiano, hijo de una marquesa (María de los Dolores Alcalá-Galiano y Pareja-Spínola) y de un militar (José María Valera y Viaña). Estudió en Málaga y en Granada; también vivió en Madrid. Fue político y embajador; recorrió medio mundo.

Poeta, traductor, autor de cuentos e incluso obras de teatro; crítico literario e infatigable escritor de cartas. De hecho, nos ha legado un rico epistolario, que ocupa ocho bonitos volúmenes editados por los profesores Leonardo Romero, María Ángeles Ezema y Enrique Serrano.

Juan Valera es novelista. Es el padre de Pepita Jiménez y de Juanita la Larga. Esta faceta interesa, tal como demuestra la publicación de Pepita Jiménez en la editorial Cátedra (que en 2018 iba por la edición vigésimo primera) y el completo tomo de Juanita la Larga en la editorial Akal (2006) al cuidado de Marta González Megía.

Los escenarios de sus tramas literaturizan su imaginario y poetizan su arcadia, fundamentalmente Doña Mencía y Cabra; aunque también hay reflejos de Zuheros, Baena o Castro del Río según explica el propio autor en sus cartas. De esta forma, Juan Valera, trazando tramas argumentales sencillas, supo penetrar en la psicología de los personajes que pueblan sus obras y supo poner todo ello ante los ojos de sus lectores a través de una prosa cuidada, elegante y fluida.

Me refiero a los personajes que caminan por las calles de Villalegre, Villabermeja o Villafría, quienes van a la fuente del Ejido, las costureras y las cocineras con sus faenas y sus cuitas, los que tertulian (el escribano, el boticario, el señor cura) y los que amasan los dimes y diretes del lugar. Me refiero a quienes protagonizan profundas historias de amor. Asimismo me refiero a los aperaores y capataces, a los muleros y trabajadores, a los amos y caciques. También me refiero a quienes viven, festejan y preparan la Semana Santa, la cual está recreada por Juan Valera en el siguiente pasaje de esta forma tan bella:

“Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas, se hubiera podido asegurar que era una especialidad maravillosa para las frutas de sartén; de modo que en los días que preceden a la Semana Santa no daba paz a la mano ni a la mente, acudiendo a las casas de los Hermanos Mayores de las cofradías, para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y los exquisitos pestiños, que se deshacían en la boca, y con los cuales se regalaban los apóstoles, los nazarenos, el santo rey David y todos los demás profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del Nuevo Testamento que figuraban en las deliciosas procesiones que por allí se estilan”. (2006: 111)

Acto seguido también se preocupa Juan Valera de narrar los “arropes”, o las “excelentes gachas de mosto”, “la miel”, la “carne de membrillo y de manzana”. Aunque es mejor no seguir ahora, porque la lista de exquisiteces es interminable. Lo cierto es que el corpus narrativo de Juan Valera irradia realismo por doquier, tal como se lee en este otro fragmento que refleja, además de la sociedad estamental del siglo XIX, el diseño de una casa de pueblo mencionando hasta cinco productos de factura propia: el aceite, el mosto, el vino, el aguardiente y el vinagre:

“Cada casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y con columnas, a las salas y demás habitaciones señoriles; por la otra, a los corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros, trojes donde se conserva la aceituna hasta que se muele; bodegas donde se guarda el aceite, el mosto, el vino de quema, el aguardiente y el vinagre en grandes tinajas; y candioteras o bodegas, donde está en pipas y toneles el vino bueno y ya hecho o rancio”. (2018: 281-2)

Cabra lo celebra y lo rememora anualmente convocando un concurso anual que promueve la investigación en torno a su figura y a su obra, junto a otras apuestas culturales reseñables. Doña Mencía también lo celebra y conmemora. Recuerdo unas jornadas, allá por 2005, en las que participó el poeta-traductor cordobés Carlos Clementson declamando una bonita conferencia en la Casa de la Cultura “Juan Valera”.

En Doña Mencía cada año se leen extractos de sus obras que denotan las raíces mencianas de Juan Valera. Pepe Jiménez ha sido el factótum que —junto al Ayuntamiento— ha mantenido viva esa llama valeriana en Doña Mencía, quien este año nos dejó sin avisar. Su recuerdo está presente. Precisamente ayer tuvieron lugar las X Jornadas en las que se recordó a José Jiménez Urbano.

osé Jiménez en el centro (Onda Mencía Radio) / Foto: LVC

Doña Mencía es el pueblo de las “Rutas valerianas” que magistralmente pintó Fernandito en los murales que las señalizan (también va por él esta columna), tierra de las casas solariegas, de la agricultura, del aceite, y también del vino que hoy cuidan con esmero y mimo los dueños de las Bodegas Luque y de las Bodegas Lama.

Juan Valera nos lega una enorme herencia cultural y literaria, un espíritu y un patrimonio que hay que perpetuar, que tan tenazmente se esforzaron por actualizar y mantener los hermanos César y Alfonso Sánchez Romero, tras el trabajo de su padre Gregorio Sánchez Mohedano; también José Jiménez Urbano quien tantas horas de estudio y gozo ha dedicado al político y novelista.

Además de todo lo antedicho, pienso que Juan Valera era el español que más lenguas entendía en su tiempo. Atraído por su romanticismo inicial, rescribió poesías de Byron y cientos de versos del irlandés Thomas Moore, tradujo poesía francesa y norteamericana estando en Washington (con la que intentó paliar parte del dolor por la muerte de su hijo Carlos). También vertió literatura alemana e incluso se las ingenió para poner unos cuentos japoneses en español; vertió poesía latina y griega como objetiva Dafnis y Cloe, aplicando al texto fuente cambios sustanciales en cuestiones tópicas y personajísticas, precisamente para cuidar el decoro epocal en su texto meta. Por eso, por derecho propio, Juan Valera está incluido en el Portal de Historia de la Traducción en España, una obra magna dirigida por los profesores Francisco Lafarga y Luis Pegenaute: http://phte.upf.edu/castellano-siglo-xix/

Para terminar quiero añadir que la página web, titulada Don Juan Valera y Doña Mencía, al cuidado de los investigadores Antonio Cantero Muñoz y Cristóbal Borrallo Gómez, es una excelente fuente para adentrarse con regocijo en Juan Valera: http://juanvalera.org/ la cual proporciona un buen y documentado recorrido histórico y gráfico por su figura y por su fértil entorno menciano que retroalimenta e ilumina su obra: gastronomía, religiosidad, etcétera.

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