Anne Brontë, 200 años

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Este año se conmemora el 200 cumpleaños de Anne Brontë (1820-1849), la menor de las tres hermanas novelistas victorianas. Emily es conocida por su única novela Cumbres borrascosas, Charlotte es conocida por Jane Eyre; en cambio, Anne es menos conocida. A Anne la crítica le ha dedicado menos estudios. Esta columna la rememora y la celebra.

Su legado literario consiste en dos novelas y un puñado de poemas. La primera novela lleva por título el nombre de su protagonista (Agnes Grey) y la segunda se titula La inquilina de Wildfell Hall, también centrada en otra mujer llamada Helen.

Agnes Grey trata de una joven que busca su autonomía. Es una mujer que busca su habitación propia, aplicando la simbología creada por Virginia Woolf en el modernismo. Agnes se marcha de casa, desoyendo el consejo familiar, experimentando en sus propias carnes la dureza del trabajo de la institutriz así como las malas condiciones laborales. Analizando la pirámide social y familiar, en la época victoriana la institutriz estaba en tierra de nadie, ni comía en la mesa con los señores ni pertenecía al grupo de los sirvientes situados en el escalón más bajo de los criados.

La novela se lee rápidamente. Lo pide la trama. La simbología es apoteósica. Brillante y magistral resulta, entre otros, la escena de las campánulas que se entregan los enamorados en el capítulo 18. El meollo es el relato del arrojo y coraje de la mujer, la narración de la independencia femenina, tanto de la hija como de la madre (que en el capítulo 21 es capaz de montar su propia escuela).  El lector español cuenta con Agnes Grey, en la editorial Cátedra, traducida por Elizabeth Power. 

Turno ahora para la segunda novela. La inquilina de Wildfell Hall no va a dejar indiferente al lector. En la época de la moderación y del comedimiento victorianos: ¿Acaso era normal escribir sobre un marido alcohólico que maltrataba a su esposa? ¿Era normal literaturizar a una mujer que huyó de su marido buscando una vida digna tanto para ella como para su hijo? Hay que decir que en esos años, las exiguas leyes sobre el divorcio reservaban la custodia de los menores a su padre. Pues bien, Helen Huntingdon se fugó de casa (una hacienda en toda regla, con todas las comodidades económicas y materiales pueda usted imaginar) y se instaló en Wildfell Hall haciéndose pasar por viuda (aquí está el decoro, el qué dirán, de la época). 

La obra, a pesar de la dureza de los temas mollares, también tiene escenas llenas de ternura. Un botón de muestra está en la “Conclusión”, en el 53, cuando es la propia Helen (ojo: una mujer en la época victoriana) la que declara su amor en un parlamento estremecedor entrañable que tiene una simbología poderosísima. La protagonista coge una flor y se la entrega a su nuevo amado en esta bella escena: 

“Esta rosa no es tan fragante como una flor de verano, pero ha resistido penalidades que las otras no podrían soportar: la fría lluvia del invierno ha bastado para alimentarla y su débil sol para calentarla; el crudo viento no la ha blanqueado ni le ha partido el tallo, y la intensa escarcha no la ha estropeado. Mira, Gilbert, está todavía todo lo lozana y radiante que pueda estar una flor, aun con la fría nieve en los pétalos. ¿La quieres?” (626) (Anne Brontë lo escribió y Miguel Ángel Pérez Pérez lo acaba de traducir así).

Esta intervención de Helen recoge hábilmente todo el sufrimiento que ella ha pasado en su vida, mediante la metáfora de la rosa que ha resistido las toscas inclemencias del tiempo invernal. Esto es lo que narra esta novela. Hay que pensar que Anne Brontë fue una escritora valiente (no en vano le valió incluso la crítica de su hermana Charlotte) que no limitó su pincel novelístico a pintar un mundo de color de rosa. Anne no huía de los temas tabús en su sociedad como la violencia doméstica y el alcoholismo. 

Seguro que merece la pena leerla y deleitarse con ella. Como es sabido, la literatura no surge ex nihilo pues está anclada en las coordenadas sociales que cimentan y nutren su nacimiento. No en vano, a la novela victoriana se le denomina novela realista. Seguro que quien decida adentrarse en estas páginas disfruta del viaje; aunque el tiempo no siga un orden lineal, aunque haya un narrador (Gilbert Markham) y una narradora (Helen Huntingdon o Helen Graham, que se cambió el apellido para no ser reconocida), porque todas las voces están bien orquestadas, de manera ordenada y coherente, procedentes de las hojas de cartas y de diarios; para mayor credibilidad y viveza.

Acaba de publicarse, ahora en enero 2020, la traducción en español, al cuidado de Miguel Ángel Pérez Pérez, por la editorial Planeta cuya portada se ha seleccionado para ilustrar estos comentarios. Esta columna ya puso su mirada en el magnífico libro que la editorial Cátedra publicó a finales de 2018, concretamente el día 24 de septiembre coincidiendo con el aniversario de la muerte del hermano de las novelistas, Branwell, que precisamente también abusaba de las bebidas alcohólicas. 

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