Manuel Álvarez Ortega, poeta cordobés


Imagen del 5º aniversario, Fundación Álvarez Ortega

 

Hoy esta columna torna su mirada hacia Manuel Álvarez Ortega en vísperas del quinto aniversario de su fallecimiento. Hoy, especialistas como Fanny Rubio o Jaime Siles le tributan un homenaje en el emblemático Café Gijón de Madrid.

Manuel Álvarez Ortega es un poeta cuyos versos, de estirpe existencialista, labran temas de ultimades como la muerte o el paso del tiempo. Sus textos emanan “ese color pausado contenido andaluz que le enlaza con la generación de los maestros y, por ella, directamente con la Modernidad” según aduce Rosa María Pereda y subraya Fanny Rubio en su conferencia impartida en la Facultad de Letras de Córdoba hace escasos meses.

Su cadencia está influenciada por su original amor al jazz. El poeta cuida la forma externa del poema, desde luego; y también cultiva el versículo. Destaca asimismo su dedicación al oficio de la traducción poética. Véanse los tomos de poesía francesa que aclimató en España. Muchos de los vates que seleccionó para traducir fueron “sus faros”, como él mismo decía.

Manuel Álvarez Ortega es un escritor cordobés que fundó una revista literaria (Aglae) en marzo de 1949. Su trabajo quería dinamizar la vida poética de Córdoba. Francisco Ruiz Soriano se encarga de rescatarla y estudiarla. En 1974 la profesora Rubio ya pone en valor la revista cordobesa en su libro fundamental.

Antes habían circulado en Córdoba los ocho primeros números de la revista del Grupo Cántico. También se publican Adarve (en la ciudad de Priego), Arkángel (impulsada por Luis Jiménez Martos y José del Río Sanz con la colaboración de Sebastián Cuevas y de Manuel Moreno Plaza), Alfoz (de la mano de Mariano Roldán), Cartas líricas de Sierra Morena (al cuidado de Pedro Pozo Alejo), Revista del Mediodía (coordinada por Emilio Ruiz Parra y Rafael Mir Jordano) y, comenzando los años 60, Praxis (dirigida por José Aumente y Carlos Castilla del Pino) Con mucha razón, Ana Isabel Martín Puya y María del Carmen Moreno Díaz dicen en su libro que en la postguerra eclosionan en Córdoba “unos pequeños núcleos de jóvenes autores que canalizarán un relativo y paulatino resurgir literario cordobés”.

La Fundación Manuel Álvarez Ortega está velando por el patrimonio del autor. Su fin es “conservar, estudiar y difundir los fondos documentales, bibliográficos, pictóricos y epistolares del poeta”. Es laudable que el escritor dejara su legado a la ciudad de Córdoba. Justo es reconocerlo. Al abrigo de estos objetivos, Blas Sánchez Dueñas, Profesor Titular de la Literatura de la Universidad de Córdoba, ha dirigido un ciclo de conferencias y ha publicado un libro recientemente.

La clausura del Curso del Centro Intergeneracional Francisco Santisteban también acaba de recordar al poeta cordobés mediante una conferencia dictada por Rosa Pereda titulada “Manuel Álvarez Ortega, su poética y compromiso”. La periodista ha señalado la exquisitez y el cuidado de la creación de Álvarez Ortega, su “casi maniático perfeccionismo”, comparándolo con Juan Ramón Jiménez, destacando la “factura física, la composición y maquetación del libro” así como su “contenido”.

La Universidad de Córdoba está presente también en el acto de hoy en Madrid, mediante Luis Medina, Vicerrector de Cultura, y José Álvarez, Director de Cultura. Junto a ellos, participa Juan Pastor y Marcos Ricardo Barnatán. Los asistentes se regocijan además con una lectura de fragmentos de su obra por parte del Grupo “Poéticas de la Modernidad” codirigido por José Manuel Lucía Megías.

El lector interesado tiene a su disposición la web de la Fundación, con los libros en pdf, así como un canal de Youtube donde puede profundizar en la obra de Manuel Álvarez Ortega a través de unos magníficos vídeos que dan fe y perpetúan las actividades programadas en torno a su figura y a su poesía.

Léase este fragmento, titulado “El texto escrito, más allá de su significación” que es una suerte de arte poética en la que va aflorando su concepción de la escritura:

EL texto escrito, más allá de su significación, comunica, además del esquema de su propia estructura, el código ideográfico de las tensiones del poeta. El poema, en esta colisión de formalidades, es en sí mismo, la respuesta visual de una concepción imaginariamente manifestada. La proximidad o la similitud de percepciones lleva a la cohesión de formas, y la respuesta poética, que no tiende sólo a sustanciación de signos sino a interpretaciones existenciales, se hace viva materia, convulsión interna, en aquel que la percibe. Poesía, en todo caso, más que conocimiento, es inmersión en el ser (Intratexto, Devenir, 1997: 27).

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