De Pedro Antonio de Trevilla

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Huelga decir que Trevilla era un hombre ampliamente cultivado a quien atraerían las ideas ilustradas

Pedro Antonio de Trevilla.

Se acaban de cumplir dos siglos del, tal vez, más notorio decreto jamás firmado en Córdoba. Aquél que hiciera eternamente famoso a un obispo de origen vizcaíno, que tal vez no fuera del todo entendido por una Córdoba que vivió durante su obispado (1805-1832) los reinados de 3 monarcas, dos ocupaciones de la ciudad por las tropas francesas, la promulgación de una Constitución, su derogación, el regreso a un periodo liberal y un decenio ominoso en el que el monarca visitó Córdoba una vez libertado en Cádiz, para agradecer al mismo San Rafael su intermediación en pos de su liberación.

Trevilla nació en Ranero de Carranza, Vizcaya, el 29 de octubre de 1755. Doctor en Derecho Canónico, alcanzó la canonjía de Toledo y el cargo de vicario en Orán y de nuevo en Toledo. En junio de 1805 fue presentado por Carlos IV y preconizado en Roma en julio del mismo año. Fue consagrado obispo de Córdoba el 6 de octubre, firmando su primer edicto el 1 de diciembre en el que en un ambiente de auténtico derrotismo por la reciente derrota en Trafalgar, animaba al clero a velar por las buenas costumbres y a los padres de familia a cuidar de la educación cristiana de sus hijos.

A falta de otros medios de comunicación los obispos de principios del XIX eran los encargados de transmitir al pueblo, a través de los sacerdotes, las órdenes recibidas de las altas instituciones civiles. De esta manera, Trevilla dio traslado de órdenes procedentes de Carlos IV, José I, el emperador Napoleón, de la Junta Central, Regencia de Cádiz o de Fernando VII, así como de otras internas del propio obispado.

Poco tiempo después, el 7 de junio de 1808, el general Dupont entraría en la ciudad en un episodio de pillaje y saqueo conocido por todos. Sin embargo no es tan conocido el intento de huída del propio Obispo, quien saltó la tapia del palacio episcopal para refugiarse en la finca de la Alameda del Obispo, siendo no obstante alcanzado y pisoteado. La ocupación duró hasta el día 20 de junio, celebrándose el 16 de junio la procesión anual del Corpus Christi, presidida por el propio Trevilla a quien a buen seguro mostraría algún que otro cardenal.

Despojada la ciudad de las tropas francesas, el ambiente hostil a todo lo que tuviese relación con el apellido Napoleón se adueñó de la ciudad, abriéndose diversas suscripciones con las que ayudar a las tropas y hasta una fábrica de armamento. Para su mantenimiento se solicitaron importantes sumas de dinero al Cabildo Catedral y al clero secular de la ciudad a cuenta del diezmo. Trevilla celebraró funciones en la Catedral de Córdoba en recuerdo de los héroes del 2 de mayo madrileño y colaboró activamente con la Junta Central con el objetivo de elaborar una Constitución.

Sin embargo con la llegada a Córdoba del mismo José I Bonaparte, el 23 de enero de 1810, su actitud cambió por completo. Tal vez por el miedo a que se pudiesen repetir los hechos de 1808, ambos cabildos recibieron al hermano de Napoleón con absoluta pomposidad. Se ofreció un Te Deum y el juramento de fidelidad al rey y la Constitución (estatuto de Bayona), llegándose a hospedar al monarca en el palacio episcopal. Todo ello quedó refrendado en la carta pastoral de febrero de 1810, donde Trevilla se dirigió a “todos los fieles de su diócesis, sobre la fidelidad y obediencia que se debe al Rey”. Carta que para muchos fue el resultado de la presión del monarca sobre el obispo, pues no podemos olvidar las diferentes decisiones contra las órdenes religiosas del nuevo régimen e incluso la transformación de diferentes iglesias y conventos de la ciudad en cuadras o acuartelamientos. De hecho esta carta no consiguió librar del ajusticiamiento a un tío carnal del obispo, como muestra de la poca relevancia que sus actos tenían sobre el estamento militar.

Si para los cofrades Trevilla es un personaje de infausto recuerdo, tras lo anterior algunos suelen añadir el apelativo de traidor a la patria, aunque antes de ello debemos recordar que las tropas francesas fueron recibidas tanto por el Ayuntamiento como por parte del pueblo con honores (pueblo que sufrió una represión que llevó al extremo a parte de la población de Córdoba, por aquel entonces calculada en unos 40.000 vecinos). 

En cualquier caso, huelga decir que Trevilla era un hombre ampliamente cultivado a quien atraerían las ideas ilustradas, lo que unido al recuerdo de lo vivido en Córdoba poco tiempo atrás y, por qué no decirlo, el miedo a las represalias francesas sobre su diócesis, pudieron ser el origen de su nueva actitud.

Pero todo ello cambió con la salida de las tropas francesas el 3 de septiembre de 1812, lo que fue ampliamente celebrado por el pueblo cordobés. El 16 de octubre se celebró una misa de acción de gracias en la que se obligó a Trevilla a jurar la Constitución sobre los Evangelios; acto que no le salvó de acabar con sus huesos en prisión por la publicación de la pastoral anteriormente citada. El General Echevarri, encargado de la plaza, decidió perseguir a todos los afrancesados de la ciudad, con extrema vehemencia, lo que por cierto le costó el cargo tras llegar a conocimiento de las Cortes de Cádiz.

Sobre el famoso decreto de 1820, no se debe olvidar que con anterioridad otros obispos firmaron decretos similares en los que pretendieron ordenar los cortejos procesionales o eliminar la flagelación pública, entre otras medidas. En concreto el obispo Miguel Vicente Cebrián firmó sendos edictos en 1743 y 1744, intentando regular los abusos que a su juicio se cometían en pueblos como Montoro, Bujalance, Aguilar de la Frontera, Lucena y Cabra, en el primero, y Córdoba en el segundo. Este último edicto fue ratificado por diversos obispos sucesores de Cebrián, por lo que el decreto de Trevilla pudiera ser el enésimo intento de organizar lo que sus antecesores ya habían intentado sin pleno éxito. De su contenido y consecuencias no hablaremos ahora, por ser perfectamente conocidos por todos y objeto de interminables debates.

Sin embargo estos debates adolecen, en su mayoría, de un contexto en el que contextualizar la figura de Pedro Antonio de Trevilla y en el que poder encuadrar otras muchas decisiones tomadas por el mismo. Por citar tan sólo algunas, recordaremos un artículo publicado por Enrique Romero de Torres en 1935 a cerca de la capilla del Mihrab de la Catedral de Córdoba. En el mismo explica cómo tras las restauraciones que sobre la misma realizó el arquitecto Baltasar Dreveton en el siglo XVIII, en 1816 se llevó a cabo otra restauración de la fachada del vestíbulo del Mihrab, cuyos mosaicos mostraban la falta de algunos trozos perdidos “cuando en buena hora se quitó el retablo que la cubria, gracias a la feliz iniciativa del ilustrado Obispo don Pedro de Trevilla”.

El interés de Trevilla por la cultura quedaría de manifiesto, una vez más, varios años después de su fallecimiento, concretamente en 1836. Desde el 30 de septiembre de aquel año, y durante algunos días, Córdoba quedó ocupada por las tropas carlistas. Según la crónica de aquellos sucesos publicada por Francisco de Borja y Pavón en 1896 en Diario de Córdoba, un grupo de combatientes, tras penetrar en el Palacio Episcopal, se apoderó de la biblioteca, arrojando por los balcones los libros que la componían. Algunos volúmenes se consiguieron reponer por vecinos y religiosos, si bien se perdieron para siempre diferentes volúmenes que el obispo Agustín Ayestarán y su sucesor, Pedro Antonio de Trevilla, habían recibido y ampliado de sus antecesores. 

Como decía al principio se cumplen dos siglos de un decreto que hizo provincialmente famoso al Obispo Trevilla. Soy de la opinión que aún vivimos algunos de los coletazos de aquella firma. Doscientos años después. Pero ¿habrá pasado también el tiempo suficiente para estudiar, no sólo las consecuencias de aquella firma, sino a la figura de Trevilla en su globalidad? Que no sólo de cofradías vive el cofrade.

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