Del retablo de San Rafael del Potro, o de la Calle Candelaria (II)


Sin embargo no parece que Córdoba le tenga especial cariño al retablo, o al menos eso nos dice la historia. Y es que si en 1925 se bendijo el retablo tras las obras de restauración al que se sometió al mismo, así como los nuevos lienzos de San Rafael y los Santos Patronos, en 1927 fue una iniciativa particular la que salió de nuevo al rescate del humilladero.

Fotografía publicada en Nuevo Mundo y La Hormiga de Oro en mayo de 1931, sobre el ataque al retablo.

En dicho año la casa sobre la que descansaba el retablo cambió de propietario, siendo una de las hermanas del mismo, María Guerrero Moreno, quien se impuso la labor de cuidar del monumento, ordenando limpiar el retablo y así como decorar la hornacina con macetas. Igualmente dispuso su iluminación con cuatro faroles cada noche, así como con seis los domingos y fías festivos. Y por si todo esto no fuera suficiente, la buena vecina cubría el retablo con una cortina durante la horas de mayor incidencia de sol, de manera que éste no estropease los lienzos de Rafael Romero Pellicer.

Podemos imaginar que la bondadosa cuidadora se esmeraría especialmente el día de San Rafael, festividad en la que María Guerrero aumentó la decoración del lienzo principal. Sin embargo esa misma noche de San Rafael de 1927 “un salvaje se entretuvo en derribar las macetas colocadas en cornisas y repisas”, haciendo pedazos todas ellas. Y como todo aquello no resultó suficiente para el “zulú”, como lo denominó Diario de Córdoba, se rellenó con papel la apertura del cepo donde los devotos depositaban sus limosnas.

Pocos días más tarde, a principios de noviembre de 1927, un desconocido apedreó el retablo con tal atino, que llegó a romper el lienzo de san Acisclo. El hecho provocó cierta conmoción en el vecindario, solicitándose desde la prensa local al Ayuntamiento las investigaciones pertinentes, pues de lo contrario “se creerá que en vez de estar en una población civilizada nos hallamos en plena cafrería”. Poco más se supo de los autores de aquel acto.

Poco después de la proclamación de la II República, se vivió en España (principalmente en el sur y levante, así como en Madrid) una ola de violencia anticlerical conocida como La quema de conventos de 1931. En Córdoba, la noche del 10 de mayo, el retablo de San Rafael volvió a sufrir un ataque que afectó gravemente a los lienzos de Romero Pellicer, y cuyas fotografías se publicaron en gran parte de la prensa nacional. Parte del retablo se quemó junto al caño de Venceguerra, perdiéndose para siempre. Pero no quedó ahí todo, pues el dueño de la casa en la que descansa en retablo decidió, tras comprobar los desperfectos que había sufrido, comenzó a demolerlo.

El alcalde de Córdoba, Eloy Vaquero Cantillo, y tras suspender las labores de demolición, se reunió con el presidente de la Comisión provincial de Monumentos Antonio Jaén Morente y con el comisario de Bellas Artes Enrique Romero de Torres, para buscar una solución a tan espinoso asunto. Ante ellos, los vecinos elevaron una instancia para el restablecimiento del monumento. Y es que el retablo había pasado de tener importancia desde el lado de la religiosidad popular, al del meramente artístico, a tenor de lo publicado en Diario de Córdoba el 19 de mayo de dicho año: “Como este constituye un bello elemento de ornamentación de la calle Candelaria, a la que le da carácter creemos que en vez de destruirlo se debe restaurar y esperamos que así lo estimarán todas las personas amantes del arte y de la tradición y no permitan que desaparezca”. Fuera como fuere, la demolición fue una realidad, al menos en parte, debiendo la Comisión de Monumentos de la ciudad, presidida por Antonio Jaén Morente, volver a tratar este asunto en su sesión de 1 septiembre de ese mismo año.

Comisión que se quejaba de la falta de autoridad concedida por el Ayuntamiento, pues entendía la Comisión que ante sus dictámenes poco se hacía en beneficio del patrimonio de la provincia. Corría el año 1933, y ante la intención del propietario de la casa de abrir, justo por donde se hallaba el retablo, una puerta, la Comisión volvía pedir al Ayuntamiento el restablecimiento de aquél. De esta manera, en sesión celebrada el 29 de diciembre de 1933, se acordó que, por quien corresponda, “se proceda a la reconstrucción del retablo de San Rafael de la calle Candelaria”.

Sin embargo las desdichas de tan querido retablo no quedarían ahí, pues el retablo no pudo ser restaurado hasta 1937, tras ser descrito como “hecho trizas” por El Defensor de Córdoba. Dicha restauración se sufragó con donativos especiales recibidos de los vecinos, y siendo encargados los trabajos de restauración al joven artista cordobés Rafael Díaz Peno. Se inauguraron dichos trabajos el domingo 14 de febrero, a partir de las 11 de la mañana, y cuya bendición, tras plegar las cortinas que mantuvieron el retablo velado, corrió de nuevo a cargo de Romero Berral.

Fotografía publicada en 1937 en Azul, tras la restauración.

Poco después, en concreto durante la noche del 17 de mayo de 1937, algún amigo de lo ajeno decidió distraer del retablo dos floreros y dos jarras, tal y como denunció Manuel Fernández, encargado del retablo.

Y tal vez por lo acostumbrados a los incidentes que estaban los vecinos del Potro, cuando en 1938 corrió el rumor de ataques a varios monumentos de la ciudad, el retablo fue uno de los que entraron en la lista de agravios junto con el Cristo de los Desagravios y Misericordias (de los Faroles), la Virgen de los Faroles y el San Rafael del Puente. Al final, y tras comprobarse la veracidad de los comentarios, se comprobó que tan sólo se trataba de unos “pequeños desahogos propios de dos borrachos”.

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