Del retablo de San Rafael del Potro, o de la Calle Candelaria (I)


Hubo una época en la que la calle del Potro era “enlace entre los caminos principales que a Córdoba afluían, asiento del tráfico y la picardía, domicilio de las industrias locales más notables”. Y justo en su centro, como faro para aquellos que por ella transitaban, se erigía el retablo; aquél que no sólo sobrevivió a la pica de Ángel Iznardi, sino que lo consiguió por decisión y esfuerzo de los propios cordobeses.

Calle Lineros antigua Emilio Castelar El Comercio de Córdoba 1934
Calle Lineros, antigua Emilio Castelar, El Comercio de Córdoba 1934.

O retablo de San Rafael del Potro, como lo conocían nuestros abuelos antes de que la calle fuera dividida en varios tramos conocidos hoy en día como Lucano y Lineros, hasta el cruce de las cinco calles, y cuyo cambio de nomenclátor modificó también la denominación del propio retablo.

El único retablo que se libró de la destrucción masiva de 1841, junto con aquellos que decoraban las fachadas de las iglesias, y que si bien anuncia a propios y extraños que pertenece al Ayuntamiento de la ciudad, ya en 1924 el diario La Voz describía cómo “éste monumento de piedad, que la devoción costeó y que la devoción (de uno o varios) ha venido manteniendo inhiesto y atendido por más de un siglo”. Retablo que todos recuerdan y anuncian como visita ineludible a los forasteros, pero que ya entonces adolecía de los cuidados mínimos, como denunciaba José María Rey, cronista de la ciudad, al quejarse de que las figuras en lienzo de San Rafael, San Acisclo y Santa Victoria hubieran sido repintadas por manos inexpertas. O de que la pequeña talla de la Virgen de Linares hubiera sido sustituida por una estampa. Curiosamente similar a la que casi un siglo después ocupa el mismo lugar, si bien siendo en la actualidad es la de la Virgen de la Candelaria y no, al menos, la de la Capitana.

El cronista lamentaba el estado de conservación del humilladero con las siguientes palabras:

El altar que es compendio de nuestras tradiciones religiosas, el monumento que es protesta de fe, el retablo que presta carácter típico al barrio del Potro, está enteramente lleno de telarañas”

¿Dónde están tantos y tantos defensores y paladines de esta causa en el decurso de dos años?

¿Qué se hizo de los que desde todos los bandos, desde todas las tribunas y en todos los tonos de la gama patriótica, propugnaron por dar satisfacción a la piedad, al arte, a la tradición del pueblo de Córdoba?

San Rafael del Potro ha tenido en estos últimos tiempos muchos devotos, muchos defensores, pero nadie se ha ocupado de limpiar las telarañas que, activas, trabajan en las cuatro hornacinas, rindiendo con su labor como una homenaje al Custodio, a los Patronos, a la Reconquistadora… como cubriéndolos y resguardándolos y protegiéndolos de la acción destructora de la intemperie. Lo que, ocupados en dimes y diretes, no hemos logrado hacer los hombres”.

Retablo San Rafael 1
Retablo de San Rafael.

Esta queja de Rey Díaz no era sino el eco de lo que en Córdoba se venía tratando desde hacía algún tiempo, y que desembocó en la restauración por parte del Ayuntamiento en junio de 1925. El por entonces alcalde, José Cruz Conde, encomendó las tareas de dirección de obra al comisario regio de Bellas Artes de la provincia, Enrique Romero de Torres. Los tres lienzos originales, pintados por Antonio Monroy, se encontraban en un estado deplorable, por lo que se sustituyeron por unos que el hijo de Julio Romero de Torres, Rafael Romero Pellicer, había pintado para dicho lugar. Igualmente se restituyeron los cuatro faroles que alumbran el conjunto.

Los trabajos se alargaron durante varios meses, en coordinación con la dueña de la casa sobre cuya fachada se sostiene el retablo, estableciéndose para el domingo 10 de agosto de ese mismo año los actos de inauguración y bendición.

La calle Emilio Castelar (actual Lineros y por entonces conformada por “amplias y señoriales casonas, genuinamente cordobesas”) se encontraba aquella tarde llena de cordobeses. Las crónicas nos hablan de balcones engalanados con vistosas colgaduras, algunos incluso con mantones de Manila. A las siete en punto de la tarde, y tras su organización en los Patios de San Francisco, la comitiva comenzaba a avanzar camino del altar a través de San Fernando, Romero Barros, Potro y Emilio Castelar, estando  compuesta por las niñas del Catecismo de San Francisco y San Eulogio, los niños del Ave María, las bandas de música de las propias escuelas, el clero parroquial, el gobernador civil Luis María Cabello, el comisario regio de Bellas Artes Enrique Romero de Torres, el diputado provincial y concejal Alfonso Camacho, y varios tenientes de alcalde.

La bendición del retablo estuvo en manos del párroco de San Francisco Carlos Romero Berral, quien aprovechó el momento para implorar a Alfonso XIII misericordia para “ese pobre reo sobre el que ha recaído sentencia de muerte”.

Todo volvía a su estado original salvo la réplica de la Virgen de Linares que Bartolomé Olivares mandó esculpir a Lorenzo Cano en su taller de la calle de la feria, y que por falta de seguridad no se instaló en la pequeña hornacina. Todo el conjunto se pintó en imitación de mármol de Cabra, reponiéndose el tejaroz para mayor protección de los lienzos, así como los cuatro faroles que los flanqueaban.

Los niños, tras cantar los himnos a San Rafael y arrojarle flores al retablo, regresaron por las calles Candelaria, Tornillo y Armas hasta las escuelas, donde el Ayuntamiento les había preparado dulces, así como una sangría por parte de Domingo Campos.