De nazarenos que rezan


Había dos novicios a los que se les dio un tiempo de oración. A uno de ellos le dijo el superior:

-No deberías fumar mientras rezas. Creo que esto ya lo habíamos hablado.

El novicio respondió:

-Siempre me riñe a mí, pero mi hermano también está fumando y no le ha dicho nada.

El superior contestó:

-Él me pidió permiso para rezar mientras fumaba un cigarrillo. Y evidentemente no puedo negarle que rece siempre que lo necesite.

Con independencia de lo gracioso que pudiera parecernos este chiste, me planteo si las hermandades favorecen o, por el contrario, entorpecen algunas veces la formación espiritual de sus hermanos. Dicho así pudiera parecer una obviedad. Incluso una barbaridad. Pero si nos detenemos en algunos detalles tal vez concluyamos en que no lo es tanto.

Los miembros de un cortejo, ¿rezan mientras acompañan a sus imágenes o por el contrario acompañan a sus imágenes mientras rezan? La pregunta no tiene una respuesta clara, al menos para mí. O tal vez la respuesta sea tan diversa como nazarenos dentro de un mismo cortejo. Como nazareno que soy, junto a María Santísima de la Candelaria, puedo decir que a veces rezo y otras acompaño (orgulloso junto a mi cirio). Depende de lo que vea, de lo que recuerde, de en quien me acuerde o de lo que lleve en “la mochila” ese día.

La música nunca molesta, ni en el acompañar ni en el rezar. De hecho algunas marchas me hacen rezar (Amarguras, por ejemplo). Otras me hacen emocionarme. Y otras, y no es vergonzante decirlo, me hacen tatarear bajo mi cubrerrostros.

Algunas veces las voces de mando de Curro me hacen acordarme de mi abuelo Rafael, y a veces hasta lo escucho. Aprovecho para pedirle que se acuerde de nosotros y le pida a la Candelaria que nos siga protegiendo.

En las hermandades de silencio los fiscales de tramo organizan a sus nazarenos a golpe de palermo, para no romper sus oraciones (incluso las del público). En las hermandades de capa, aunque no se sigue esta norma a rajatabla, se agradece este gesto cuando eres parte del cortejo.

Imagínese por un momento a un nazareno que pertenezca a una cofradía que se funda con el firme y único propósito de rezar el Vía Crucis. Y que por aquellas cosas de los cofrades, un año se decide no rezarlo durante el recorrido a la Santa Iglesia Catedral. Imagínese que este nazareno, feliz por entender las bondades del rezo del Santo Vía Crucis, decide llevarse el “Vía Crucis de la Misericordia, de Juan Pablo II” para que le sirva de guía en su rezo. La foto desde luego no es habitual, a diferencia de aquellas en las que se ve a nazarenos con rosarios en las manos.

E imagínese que el fiscal de tramo se acerca a este nazareno, y en lugar de preguntarle, interesarse o incluso enorgullecerse de haber tenido la oportunidad de comprobar la fe de sus hermanos, le dice: “guarda ese librito”.

Este episodio, que ocurrió en Córdoba hace unos años (y cuyo recuerdo llegó hasta nosotros gracias a la fotografía de José Martínez, publicada en El Día de Córdoba), me hace pensar que tal vez aún no entendamos que se puede, y debe, rezar siempre; hasta cuando se fuma.

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