De la relación entre hermandades


Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas, el Viernes de Dolores.

Corría el año 1660 cuando la hermandad de San Diego y San Acacio, actual hermandad de la Expiración, planteó trasladar su día de salida del Jueves Santo al Viernes Santo. Esto provocó un verdadero problema con las hermandades de Las Angustias (San Agustín), Soledad (Convento de la Merced) y Santo Sepulcro (Convento del Carmen de Puerta Nueva), pues la incorporación de una nueva hermandad al Viernes Santo suponía “desordenar” los horarios e itinerarios de estas últimas en su camino a la Catedral.

El consenso llegó tras la firma de unos nuevos horarios que harían que San Diego y San Acacio saliera a las 3:30, la Soledad a las 4:00, las Angustias a las 4:30 y El Santo Entierro, al no molestar por ser la última, cuando mejor estimase. El acuerdo no fue baladí, pues el incumplimiento supondría una multa de una arroba de cera y 50.000 maravedíes con destino a las iglesias pobres de la capital.

Eran años en los que las hermandades procesionaban con el libro de reglas como insignia principal; la que otorgaba legalidad para demostrar ante cualquier circunstancia que lo requiriese, como pudiera ser el cruce con otra hermandad, la antigüedad y las prerrogativas que ésta les otorgaba. No tenía la menor importancia que no estuviera forrado de terciopelo o cordobán, o que no llevara remates de orfebrería, pues su verdadero valor estaba en su interior.

Eran años en los que algunas hermandades hacían jurar a su hermanos que derramarían hasta la última gota de su sangre por defender dogmas como el de la Inmaculada Concepción, antes incluso de que la propia iglesia lo proclamara, el 8 de diciembre de 1854. Años en los que la motivación del cofrade no se sustentaba en la plata de unos varales o la voz de un capataz; éstos por el contrario tan sólo servían para sostener el peso del palio o, en el mejor de los casos, elevar la moral de los cansados costaleros/cargadores/bastoneros.

Años en los que la supervivencia de las hermandades dependía, inexorablemente, del número de devotos que tuviesen, pues aún no se habían inventado subvenciones ni las loterías navideñas. Años en los que no “arrancar” devotos a las hermandades vecinas del mismo barrio podía suponer la muerte de la propia, pues las economías familiares no permitían, en la mayoría de los casos, prácticamente casi ni pertenecer a la Sacramental o la de Ánimas; de existencia en cada Parroquia y cuyos beneficios espirituales se van olvidando poco a poco.

Sin embargo también eran años de gestos espontáneos. De relaciones más sinceras e inocentes. Años en los que los cofrades no se habían aún acostumbrado a ver a Dios a través de estampitas ni Redes Sociales, obligándose a visitarlo en su propia casa cada vez que se necesitara. Imágenes que incluso permanecían veladas durante todo el año y tan sólo se mostraban días concretos del año y ante los cofrades propios. Años en los que tras la madera policromada no se veía arte sino fe, por lo que más allá de advocaciones concretas y devociones particulares el cofrade era temeroso de Dios, quien imponía con su mera presencia y contemplación.

Años en los que al creyente no se le ocurría no arrodillarse si se encontraba con una procesión de Viático, o no mostrar sus respetos si se cruzaba con una imagen sin pretenderlo; aún cuando no fuera la suya.

Hay un refrán que dice que quien tuvo, retuvo, y tal vez Córdoba retenga parte de lo que alguna vez tuviera, como demuestra el siguiente audio. En él se puede oír lo que ocurrió en la parroquial de San Lorenzo un día de Cuaresma de hace no muchos años. La cuadrilla de hermanos costaleros de Nuestro Padre Jesús del Calvario se disponían a subir su imagen titular a su paso procesional. Muy cerca, el coro masculino de la Hermandad del Remedio de Ánimas se encontraba igualmente en la iglesia ensayando y ultimando el acompañamiento musical de su crucificado para el casi inminente Lunes Santo. Y de una manera espontánea, con la puerta de la iglesia cerrada, sin mayor motivación que acompañar a Nuestro Padre Jesús del Calvario hasta su paso y a los hermanos de la corporación del Miércoles Santo, comenzaron a rezarle de la manera en la que ellos lo hacen a su propio titular.

Silencio absoluto en la iglesia. Silencio tan sólo roto por el coro de Ánimas y el sonido de las herramientas que sujetarían la imagen de Jesús del Calvario a su paso. Tan sencillo como en aquellos años. Tan abrumador como siempre.

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