Cuando éramos de barrio

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El Fuero de Córdoba, firmado por Fernando III en 1241, dividió a la capital cordobesa en 14 collaciones o barrios, coincidiendo con las 14 iglesias que el propio monarca mandó construir tras la conquista de la plaza. Conocidas como iglesias fernandinas, se distribuyeron, a partes iguales, entre la Villa (El Salvador, San Juan, San Miguel, San Nicolás, Santa María, Santo Domingo de Silos y Todos los Santos) y la Axerquía (La Magdalena, San Andrés, San Lorenzo, San Nicolás, San Pedro, Santa Marina y Santiago).

Estas últimas supusieron un gran respaldo para el desarrollo demográfico de la Axerquía, por entonces menos poblada que la Villa, la que a su vez es conocida por muchos como la Córdoba romana, Imperial o simplemente como “el centro”.

Reunión de los faeneros en la década de 1960./Foto: Archivo familia Sáez barrio
Reunión de los faeneros en la década de 1960./Foto: Archivo familia Sáez

Sin embargo es precisamente en esta zona, lejos del centro, donde durante los siglos siguientes se fundan la mayoría de las hermandades penitenciales que han perdurado hasta nuestros días. Huerto, San Diego y San Acacio (refundada como Expiración), Resucitado, Angustias, Nazareno, Calvario o el Santo Sepulcro. A ellas se unieron más recientemente otras con devociones centenarias como Rescatado, Cristo de Gracia, Ánimas, Caridad o Penas, así como aquéllas fundadas durante el siglo XX como Prendimiento, Esperanza, Buen Suceso o Misericordia, entre otras.

Muchas de estas hermandades nacen en el seno de familias muy populares en barrios como San Lorenzo o Santa Marina. Y si bien algunos gremios, más o menos destacados, se vinculan a algunas de ellas, la historia nos habla de distritos trabajadores y humildes donde parte del patrimonio se consigue a través de suscripciones populares, rifas, verbenas o cruces de mayo; alejándose así de las grandes donaciones de familias pudientes y nobles protectorados. Por ello, y es una máxima que se repite por toda Andalucía, son precisamente estas imágenes las que adquieren una popularidad más que notoria respectos a otras. El sentimiento de parroquia, de esfuerzo común y de propiedad casi particular de las imágenes convirtieron a estas hermandades en las más populosas, en las de bulla (hoy vergonzante para algunos sectores, pero de orgullo patrio por aquel entonces), en las que la falta de patrimonio se disimulaba con flores silvestres. En aquellas hermandades que recibían saetas casi encadenadas y que detenían el paso delante de las churrerías para que los faeneros pudieran tomar algún jeringo antes de encerrar la cofradía.

Sin embargo los crecimientos demográficos vividos (¿sufridos?) en Córdoba hicieron que los nuevos barrios derribaran las antiguas murallas; en algunas ocasiones, literalmente. Y éstos, mucho más alejados, empujaron hacia el centro a las siete parroquias fernandinas de la Axerquía, cuyas hermandades se debaten entre mantener su naturaleza o dejarse llevar por esta deriva.

¿Siguen siendo las siete collaciones de la Axerquía barrios de Córdoba, o por el contrario ya se pueden considerar parte del centro? ¿Tal vez nos haya confundido el término turístico “casco histórico”? Que en pleno siglo XXI se hayan desestimado algunos hábitos y costumbres del XIX o incluso de principios del XX tal fuera una necesidad, pero ¿debe ser el carácter popular, precisamente aquél que ayudó a afianzar la devoción de algunas de nuestras imágenes, superado? No crea el lector que abogo por cortejos desordenados, filas de nazarenos ocupando todo el ancho de las avenidas, túnicas por encima de los vaqueros o mamás acompañando a sus niños de 16 años con el bocadillo y la cocacola; hoy por hoy todo esto debería estar ya olvidado. Sin embargo sí que abogo por el mantenimiento de la esencia que las hizo centenarias, por el tipo de paso o estilo musical. Por la diversidad que confería pertenecer a un barrio o a otro, tan distintos entre sí como los oficios que en ellos se desarrollaban. Abogo por el localismo de barrio, frente a la globalización que nos imponen las tecnologías. Abogo por seguir siendo como éramos, cuando éramos de barrio.

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