De este agua no beberé


Mañana puede ser o no. Lo que hoy molesta dentro de una semana es un forzado acomodo

Las identidades de trinchera nos llevan irremediablemente al prejuicio y la discriminación. Se le ha puesto a la discriminación el apellido de positiva, pero sigue siendo un ejercicio que levanta barreras, que deja fuera, que fomenta la injusticia, que no es mejor ni moralmente más alta. Las identidades se han vestido de lucha, de vindicación y de búsqueda de la igualdad, pero solo pelean a favor del dinero público y  contra el distinto, que es el argumento que dicen sufrir; persiguen al disidente e imponen únicos puntos de vista que a la postre dejan al humano identista sin posibles referencias ni anclajes que le enriquezcan o incluso salve cuando el vacío identitario le golpee.

En esta perversión social en la que hay que tragar jarabe de orgullo, esquizofrenias absurdas, pagar precios por la tranquila normalidad que aportan las tradiciones heredadas, en este mundo de niños aburridos manejados por los poderosos de siempre, se hace necesario sobrevivir justo con la actitud contraria. Porque la vida no es estática, porque no hay identidad que soporte ni el paso del tiempo ni el andamiaje ideológico.

Mañana puede ser o no. Lo que hoy molesta dentro de una semana es un forzado acomodo. De hecho hoy ya no somos lo mismo que ayer ni hace media hora. En los próximos minutos puede llegar la muerte, o el amor, o una moción de censura. En un giro inesperado (siempre lo es) de los acontecimientos acabas cenando las palabras que expulsaste en la hora del vermú.

Publico asistente
Fans en el concierto de Calamaro en el pasado Festival de la Guitarra / Foto: LVC

Yo mismo he dicho muchas veces que no bebería de ciertas aguas y he acabado nadando en ellas. Llego a esta breve pausa vacacional casi sin reconocerme en el tipo que se levantaba de mi cama por las mañanas hace unos meses, a la que llegaba mecánicamente solo y cansado, y ahora reposa cada noche con una sorpresiva circunstancia que, en efecto, me hace reconocer que el vaivén de las horas nos lleva de un yo a otro distinto casi sin darnos cuenta. Y que la única identidad que vale consiste en valorar el regalo que supone la incertidumbre y el cambio. Y saberse pequeño, por tanto.