Memento mori


Hay que destacar el trabajo de aquellos que redactan un obituario en medio – suele ocurrir- de una jornada normal con sus habituales movidas y agendas

Supe del fallecimiento de José Calvo Poyato porque me telefonearon para encargarme el obituario. Me parecía imposible que un señor que me había invitado a un acto literario tan solo unos días antes y que, hasta donde yo conozco, cuida su salud con esmero, ahora fuera un literato camino de la eternidad.

Superado el shock del principio y tras hacer una llamada obligada comprobé con alegría que Pepe no se había marchado sino que el fallecimiento había sido el de su hermano Paco, por lo cual aprovecho desde aquí la ocasión para enviarle un grandísimo abrazo a él y su familia, y mi más sentido pésame. No obstante y antes de que un servidor hiciese la llamada oportuna, varios medios ya se habían hecho eco de la ‘muerte’ de José Calvo y lo habían publicado con cierta riqueza tipográfica. Un lío que comenzó por la mañana en el Congreso cuando su hermana Carmen Calvo fue avisada del triste suceso (la muerte de su hermano Francisco) y a la mujer le dio, obviamente, un desvanecimiento. Eso quedó recogido por una agencia informativa y de ahí pasó al resto de medios. No se suele dudar de lo que publica una agencia ni de su habitual solvencia, pero como vamos con las prisas pues casi nada se contrasta porque los impactos del interné mandan. Este oficio ha sido siempre de correr, pero ahora es que vamos como pollos sin cabeza y con el número de lecturas y usuarios como horizonte periodístico. O sea, mal.

A pesar de la dolorosa situación familiar a Pepe Calvo le quedará la anécdota, además de una larga y exitosa trayectoria literaria y una honestísima carrera política a la que nos confesó hace tiempo que no piensa regresar. Hace bien, porque una de las causas del error informativo en el fallecimiento de su hermano fueron las ‘fuentes parlamentarias’ que citaba la agencia en cuestión. Y si hay algo poco fiable hoy en día en España son las fuentes parlamentarias y gran parte del Congreso de los diputados. Ahí los compañeros se fueron de ligeros y pecaron de ingenuos o de juventud.

De todas formas hay que destacar el trabajo de aquellos que redactan  un obituario en medio – suele ocurrir- de una jornada normal con sus habituales movidas y agendas. Si bien es cierto que el obituario es casi un género periodístico en sí mismo, la precariedad laboral de los tiempos obliga al redactor de turno a escribir  de forma pareja sobre la previsión meteorológica, la futura lista electoral del PSOE de Almedinilla o la crónica del partido de fútbol- playa del Almuñécar Promesas. Y atender el parte del Covid.  Aunque muchos de los obituarios se suelen redactar con antelación y se dejan en la ‘nevera’ (es así en las grandes cabeceras), hay algunos repentinos que no están previstos porque la Parca llega cuando llega y sin avisar. También es cierto que el que da primero da dos veces – como es habitual en esto- y siempre hay que estar preparado a pesar de que el infarto al final  le dé al redactor, del cual casi nunca habrá necrológica,  o cuando menos una breve y aséptica reseña.

La muerte nos llega a todos por igual pero hay quien además debe glosarla. Incluso cuando el difunto no lo es todavía, aunque haya sido finado en primicia.