Ostentación


Sobre todo lo que compruebo, y yo fui partícipe de ello, es la pérdida de pudor

Hace unas semanas leía la autobiografía de un publicista español en activo que no es una biografía sino un compendio ágil y más o menos honesto de triunfos y fracasos. Hay en España una convulsa manía de escribir libros. Y de publicarlos. De leer, lo dudo. El caso es que en la (breve) biografía del publicista, que atendí más obligación que por devoción, aparte de historias comunes que a casi todos nos han ocurrido pero que son presentadas como el hallazgo del santo grial – recuerdo que es publicista- me llamó la atención su declarada animadversión a las redes sociales. Un tanto selectiva, eso sí, porque hace uso del vídeo y su correspondiente Youtube y sobre todo domina el arte de escribir para distintos canales, entre ellos las redes sociales más habituales.

El caso es que nuestro publicista huye de las redes, según él, por varios motivos: sostiene que matan la imaginación y que son una pérdida de tiempo. Y añade que no merece la pena hacer negocio en ellas porque las que hacen negocio son ellas contigo. No es un hombre ajeno a lo digital pero lo usa con selectividad y precisión, por lo que explica. El escritor Jano García es parejo a esta actitud. Está en las redes pero publica su movida y se pira. Desaparece una vez posteado el asunto. No interactúa. No comenta. Atiende, eso sí, a sus patronos /seguidores, que son los que pagan por su trabajo directamente en la plataforma para podcasts.  García también considera una pérdida de tiempo el estar en redes sociales, tanto en calidad de espectador como  de actor. Es particularmente beligerante con la legión de idiotas del Tik Tok – cuidado con el incremento de señoras talluditas luciendo modelos y haciendo bailecitos- que se menean y hacen gracietas. Les acusa de desperdiciar un tiempo precioso que no van a recuperar y que desde luego no van a invertir en formación ni cultura. Después son los primeros en abanderar causas que ni conocen ni se molestan en contrastar. Los solidarios del Twitter.

Comparto con los autores citados esa opinión respecto a la pérdida de tiempo. Pero sobre todo lo que compruebo, y yo fui partícipe de ello, es la pérdida de pudor. Al principio las redes eran un juego, algo divertido y una manera de reconectar con gente que hacía años que no veías. Después recuerdas por qué, claro. En una semana como esta produce vergüenza ajena la ostentación, esa necesidad compulsiva de mostrar desde el bocadillo que te has comido hasta el juanete de tu abuela. Antes se colgaban fotos de procesiones y ahora se muestran los protagonistas a sí mismos viendo nazarenos, comiendo con los amigos, luciendo un traje hortera, contándonos algo que en realidad  a nadie le importa. No hace mucho, y creo que sigue ocurriendo, no había mayor suplicio que ir a visitar a unos recién casados y tener que soportar el martirio del vídeo-de-la-boda- y el-álbum-de-fotos. Pues esto son hoy la mayoría de las redes sociales: fotos de bodas, cumpleaños o saraos corrientes que a nadie importan y que en circunstancias normales – con unos recién casados- nadie soportaría. En Semana Santa hay que añadir la playa de turno (todos conocemos ya el mar, no somos nuestros abuelos) y el famoso lema “Aquí sufriendo”. Es curiosa esa necesidad de ostentación, de mostrarse, de compartir intimidades. Y sobre todo de ‘demostrar’ felicidad. Chungo.

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Yo estuve ahí, ya lo he dicho. Ahora solo me asomo  por motivos de trabajo – comparto, lógicamente, las publicaciones del periódico-  o escribo alguna  majarada porque va en mi naturaleza, como pueden comprobar aquí cada semana. Leo a poca gente porque es muy escasa la que tiene algo interesante que contar y que lo haga bien y divertido (hola, Rebeca Argudo)  y por lo demás me importan una gaita las playa, los trajes, las torrijas con termomix , la fotos de tu gente que no es mi gente pero que tú conoces pero que yo no tengo el gusto ni las ganas,  y la tontería. Solo me resulta excitante y productivo preservar cada día más mi ámbito privado: ese es el tesoro que tan alegremente hemos entregado a las corporaciones mediáticas y sobre todo a una legión de desconocidos que, siendo honestos, solo saben ostentar banalidades porque no tienen nada interesante que contar.