Las brigadas chivatonas


El virus solo ha sido un acelerador para el chivato genuino.

Veladores./Foto: LVC

Una de las cosas chungas que nos ha traído la pandemia, además de los comités de expertos y la gestión política de la catástrofe, es el incremento exponencial de los chivatos. No solo señalan y denuncian ante el presidente de la comunidad y el administrador al que no lleva mascarilla en el ascensor, sino que suelen pedir fusilamiento al amanecer para los atrevidos, los despistados y los disidentes. Lo hacen en nombre de la salud. Hay gente que no lleva mascarilla en sitios cerrados, no se ha querido vacunar o no guarda la distancia de seguridad científicamente regulada por la Universidad de Tubinga y que, como todos sabemos, quieren matar ancianitos e inmunodeprimidos. No en este orden, necesariamente.

Señalan, acusan, juzgan y condenan. Los chivatos están colocados en la cúspide de la pirámide pandémica moralmente hablando. Los han situado ahí el Gobierno, las consejerías de salud y Espejo Público. Tienen antecedentes, no obstante. El virus solo ha sido un acelerador para el chivato genuino.

Los encontrábamos antes y los leemos ahora en Twitter, por ejemplo. Vecinos del Centro Centrado. Desde la Calle Sostenible. Movimiento Vecinal del Visillo. Yo Te Denuncio. Gente vigilante, con conciencia cívica y fetén. Escondidos en el anonimato y en lo colectivo, que es el amparo de los que no tienen por costumbre dar la cara. Y con las tardes libres.

Su obsesión principal son los veladores. Los tienen nerviositos. De pronto te escriben un tuit, te sacan la normativa urbanística como un agrimensor una hectárea de olivos. Se conocen el PGOU al dedillo y su memoria es hemeroteca viva de las promesas electorales incumplidas. “Aquí hay dos sillas de más y tres Cruzcampos, alcalde”. “No puedo pasar a compulsar una fotocopia, señor edil de movilidad”. “Nos ahogamos entre tanta codicia hostelera, señor defensor del pueblo andaluz”. En fin, la queja y el dedo acusador que suele ser la cámara del móvil.

No seré yo quien les quite razón en muchas de sus denuncias, como no seré yo tampoco el que no pida un poco de cuartel para una hostelería asfixiada por la crisis y los impuestos. A veces doy la vuelta y no tiro por la calle de La Plata porque es incómodo sortear adolescentes devorando montaditos prefabricados apalancados en sillas de Cocacola. Pero recuerdo que la vida es corta y breve y que no me merece un sofoco más que el imprescindible. Yo también estuve ahí, por cierto. En una de las muchas terrazas que no eran un problema porque no había móviles ni tanta gente fiscalizadora. Hasta altas horas de la madrugada, como cuando vivíamos sin más horizonte que la vida misma.

Y hay que tener muy poca vida para erigirse en brigada y perder las horas señalando infracciones. O mucho tiempo libre. Ese del que no disponen los que abren las persianas cada día y colocan mesas quizá en exceso para poder pagar la luz y al fisco.