Cádiz liberal, Sevilla oficial


Más fuertes para separar, más fuertes para sospechar, más fuertes para señalar, más fuertes para temer, más fuertes para tragar

El mercado de abastos de Cádiz nos recibe a la imprudente hora del almuerzo español cuando la tarde comienza y los europeos que no somos nosotros están preparando la cena. En la plaza de la Libertad esta otra plaza tiene  en los soportales bares de pinchos, de pescaíto frito, de sushi, de todo un poco. Algunos están cerrando la cocina pero la juventud que allí está permanece ajena a los cierres de cocina y a la normativa vigente. Es el segundo día del pasaporte covid andaluz pero el aire libre nos da jarilla porque además es Cádiz. No nos han pedido documento alguno. Al contrario, un pescador nos ha ofrecido ostras y mojama que aunque no te gusten ni las ostras ni la mojama te comes porque sabe a mar y a la sal de la vida. Cádiz se recorre con parsimonia y aunque el día amenaza lluvia y la Caleta está desierta,  el resto de gentes bullen desde La Viña, hasta la plaza de la Catedral y más allá. Comemos en la plaza de Las Flores,  y son casi las cinco de la tarde. Otra vuelta, un dulcecito, un café, lo que haga falta. Nadie nos impide el paso. Nadie nos solicita el documento digital que a pesar de haber intentado descargar varias veces no hemos conseguido estas dos personas sensatas con vacunación de pauta completa que caminamos por la Tacita de Plata. En la última copa gaditana el hostelero nos comenta que en su grupo sectorial de whatsapp la gente anda preocupada por las reservas que están cayendo como subiendo los contagios. Llueve y nos acomoda dentro, a pesar de ser dos indocumentados covidianos, dos irresponsables oficiales.

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En la plaza del Ayuntamiento veo una baldosa en la que en otras ocasiones no reparé. “Cádiz, por la libertad de Ortega Lara. 17-7-1996”. Pienso lo lejos que queda 1996 y aquella España aún decente. Pienso en Ortega Lara hoy, defendiendo la libertad y en lo raro que se ha vuelto el gesto. En la plaza de abastos dejamos a las gaviotas en una estampa que es metáfora del espíritu de esta ciudad milenaria cuna de la civilización occidental. Gaviotas que se cuelan por los tragaluces y ventanales del edificio para comer lo que los pescaderos ya no van a vender. Es un espectáculo casi surrealista que me sorprende a mi edad en la que todavía descubro cosas. Cádiz se abre hasta para las aves y las alimenta con generosidad, con la misma que nos ha hospedado entre la lluvia intermitente y el olor a sal, a calles viejas y luces discretas.

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El miércoles nos recibe en Sevilla o nosotros recibimos la lluvia de sevillanas maneras, que no es lluvia sino diluvio que inunda las aceras municipales del miarma Espadas. No tragan las alcantarillas en esa tierra en que la que tragan con la oficialidad covidiana,  que por algo están allí el poder y el Gran Poder. Nosotros, los vacunados voluntariamente de pauta completa no tenemos acreditación de ciudadanía oficial. Ni el diluvio nos salva del rechazo, de la prohibición, del acceso restringido. En la confitería que La Campana tiene cerca de la catedral hay un portero/machaca al que alguna abuela le enseña el papel del SAS para comerse una milhoja. Es todo más surrealista que lo de las gaviotas que devoran restos de cajas y boquerones. Estamos a punto de marcharnos de Sevilla sin comer, porque en cuatro establecimientos nos han prohibido el paso. Hasta con una urgencia de aguas menores se nos ponen flamencos. Demuestre usted que es un ciudadano que merece mear sin contagiarnos. Allí mismo, donde San Telmo y las Cinco Llagas y las Consejerías, me entero que cinco parlamentarios gobernantes están con covid. Seguramente unas horas antes entraron con su virus  y su código y su pasaporte y su canesú a tomar una pringá para el desayuno. Es posible que los dignos parlamentarios dejaran sus miasmas, que no miarmas, como unas pavías a medio comer en la barra del bar. Pero su contagio está acreditado y la Sevilla oficial ha respondido a la normativa. Nos acogemos a sagrado en un bar de comidas familiares y matrimonio de hosteleros decentes, andaluces de los de verdad que acogen, que abrazan, que saben lo que es sacar un negocio adelante y pagar impuestos, tantos impuestos, a los del carné covidiano y los discursos huecos. Hacen la vista gorda que no es sino ser justos y cabales ante tanta medida inútil, ante tamaña discriminación bendecida laicamente por el BOJA.  No diré su nombre porque la segregación fomenta a los chivatos y eso además en España está muy bien recogido en los libros de antes de la ley de Memoria Histórica. Pero gracias por el pisto, por el bacalao, por las croquetas, por la hora que era, por la amabilidad, por la sevillanía no oficial. Gracias por el sentido común, ese que hemos perdido aplaudiendo en los balcones y creyendo que salíamos más fuertes.

Más fuertes para separar, más fuertes para sospechar, más fuertes para señalar, más fuertes para temer, más fuertes para tragar, más fuertes para obedecer, más fuertes para callar.

La Nochebuena se nos ha llenado de familias vaciadas, de abuelos sin acreditación y solos, de gente testada y autorizada con control de aforo en la salita, de aduanas infames, de miedo fomentado por las administraciones y los telediarios. Enhorabuena a los agraciados. Cuando ya no haya un sitio a donde me permitan entrar, volveré a Cádiz, el último reducto libre , “guasa, burla, coña, duende; Cádiz que ni se compra ni se vende”, que dijo Sabina.

“Cádiz es libertad bajo la luna,

Cádiz es más bonita que ninguna”.

Feliz Navidad. Feliz Libertad.