Esa tensión soterrada


El peatón celebra las limitaciones. La otra parte es la ciclista, que está un poco amohinada.

Esta semana el señor Torrico, delegado de Seguridad del Ayuntamiento de Córdoba que no monta en bicicleta- como él mismo nos confesó en una entrevista- ha anunciado la nueva ordenanza municipal que regula el uso de la bicicleta y los patinetes eléctricos. La ordenanza es más amplia ya que, atención, aborda la movilidad sostenible -oh yeah- y nos ilustra con nuevas definiciones que vienen a enriquecer el léxico progrespanyol. Así, encontramos que los patinetes ya no se denominan de esta forma, sino vehículos de movilidad personal. Por lo general tendemos los humanos a la economía en el lenguaje, pero si éste se hace sostenible las zonas de carga y descarga – así de fácil y entendible: se carga y se descarga-, ahora pasan a denominarse Zonas de Distribución de Mercancías. Hermoso. Lírico, casi.

Una vez que le hacemos un lío a la gente en la cabeza con el lenguaje, las administraciones todes y también la local, implantan las zonas 30 que consiste en aprovechar la calle Sagunto de toda la vida, ponerle una señal vertical que pone ‘30’ y pintar unas rayas blancas en la calzada que indican que por ahí puede y debe ir una bicicleta o un vehículo sostenible de movilidad personal, que no individual. Otra cosa es que un vehículo a motor, objetivamente, pueda ir a 30 Km/h sin calarse. Así que suelen circular a un poco más.  Las zonas 30 forman parte del pensamiento mágico, tan en boga en esta aciaga época. El político imagina una realidad, la pinta y ya cree que es posible. Y así todo.

carril

Cuando publicamos la noticia, lo más llamativo, no obstante, fue comprobar cómo existe una tensión soterrada entre dos partes encontradas, un anverso y un reverso sostenibles. Como el Betis y el Sevilla. Como el Córdoba Club de Fútbol de Carlos González y el Córdoba Club de Fútbol de Infinity. Vacunados y negacionistas. Apocalípticos e integrados. Dualidades. No tan diferentes, caras distintas de una misma moneda: el peatón y el ciclista.

El peatón celebra las limitaciones. En su ejercicio de la libertad de expresión suelta algún exabrupto hacia los ciclistas y aunque no llegan a pedir la castración para los mismos como en su día hicieron los animalistas para los aficionados taurinos, creo que por lo leído en los comentarios poco falta. Soy ciclista urbanita y aficionado taurino, así que miro con preocupación que mi virilidad puede quedar acondroplásica debido a los exaltados y así encima me quedo sin torear.

La otra parte es la ciclista, que está un poco amohinada por lo que observo y que tímidamente levantan la voz para decir que los coches les maltratan, que muchas veces no tienen otra opción que la acera. Pero con cuidado, puntualizan algunos. Nada que ver con esos muchachos que van sobre los patinetes atómicos de movilidad galáctica que es que ni se les oye. Los ciclistas son, somos, gente de orden hasta cierto punto. Los urbanitas, no los que van disfrazados de mallas del Sprinter, tan aficionados al selfie y las birras.

La ordenanza viene a poner, como su propio nombre indica, orden en el caos urbano. La cosa, según hemos comprobado, estaba a punto de estallar. Dos bandos enfrentados que se miraban calladamente con desconfianza y tensión. En los comentarios también han participado los juristas, o sea, la modalidad de comentarista que sabe tela de leyes: que si eso ya estaba regulado, que si no es competencia municipal, que si el TSJA se ha pronunciado al respecto y demás argumentos cargados de peso legal.

Sí, es una tercera variable en la discusión, pero aquí lo que se dirime es que la sostenibilidad tiene un precio y que había una situación insostenible. Nada que no se hubiera resuelto con dosis de urbanidad y sentido de la convivencia.

Pero eso ya no se enseña. Solo el reciclaje de plásticos y la dieta de tofu.