La hora de la siesta


Todo resulta ser importante – para el emisor- y por supuesto da igual la hora del día

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Cuando éramos chicos los que nos vacunamos de la primera dosis hace tres semanas aprendimos una serie de normas que, aparentemente, no atendían a una lógica determinada y que uno sospechaba que sus padres repetían porque los abuelos las habían hecho de esa manera y los bisabuelos antes. La normativización es un proceso socializador que se puede aprender mediante el juego – y así sabemos que el que se va a Sevilla pierde su silla- o mediante el artículo 33, ley orgánica parental esto es así- barra-porque lo dice tu padre. Entre esas reglas absolutas se nos aplicaban dos en verano que rompían el solaz de las sobremesas y tardes calurosas: no te puedes mojar hasta dos horas después de comer para evitar un corte de digestión y una más que se dividía en dos reglas: se duerme siesta sí o sí y si no puedes dormir, no se molesta a nadie a esa hora.

‘Esa hora’ era un tramo indefinido entre después de comer y algún momento de la tarde cuya frontera  no se conocía muy bien. Lo que sí era cierto es que si no podías dormir la siesta, y cuando uno es niño ese ejercicio se presenta como una absurda pérdida de tiempo, estaba terminantemente prohibido ir a casa de un vecino, jugar a la pelota en la calle – la insolación también era un riesgo- o poner la televisión (dos canales solo). La siesta, como las dos horas en secano tras la comida, eran sagradas.

De esa forma aprendíamos a medio camino entre la leyenda urbana y el artículo 33 antes nombrado varias cosas: uno debe cuidarse a sí mismo y debe respetar a los demás.

Cuando recibo un mensaje a las 11 de la noche, a las 12 o de madrugada, -o a las 7 de la mañana-, si no es por cuestiones laborales, entiendo que muchos de mi generación han olvidado lo que era la hora de la siesta. Bien es cierto que trabajar como periodista implica estar casi las 24 horas en alerta, pero desengañémonos: salvo que se derrumbara el Puente Romano (Dios no lo quiera) no hay afortunadamente sucesos destacables todos los días a parte de los de rigor, o sea, un atropello, un infarto en plena calle, un incendio aparatoso o el selfie sin vanidad de un concejal. Y muchos no requieren actualización ni se pueden publicar inmediatamente. Lo demás suelen ser mensajes-chorra de ‘qué hay de lo mío’, ‘mi opinión al respecto es lo que sigue’ o ‘el artista del cartel de las migas solidarias de mi hermandad tiene caspa’. Todo resulta ser importante – para el emisor- y por supuesto da igual la hora del día,  así te pille en la ducha, comiendo, cumpliendo maritalmente o incluso, durmiendo la siesta.

En cuanto al concepto del tiempo y el uso de las nuevas tecnologías hay varios autores becados por otras tantas universidades que reflexionan al respecto. Analizan cómo los avances tecnológicos moldean a la sociedad y las costumbres y usos de los individuos o viceversa, cómo los individuos utilizan la tecnología para innovar más a la par que cambian normas en una sociedad maleable y cambiante. La mayoría acaban estableciendo en su tesis relaciones de poder  y roles – género, raza, clase social- para resucitar de nuevo a Marx y a ver si de una vez consiguen la revolución aunque sea a través del iPhone. También becados, claro. Después otros autores de carácter más apocalíptico apuntan hacia las consecuencias inevitables del desarrollo tecnológico. Básicamente aseveran que nos volveremos todos gilipollas. Yo personalmente creo en esta última corriente, sobre todo por lo que atisbo y compruebo no solo a mi alrededor sino en mí mismo. He perdido reflejos y no es por la edad ni por la vacuna, sino debido a la hiperconexión de todos aquellos que me envían su movida a la hora que le sale de los cojones y además esperan una respuesta inmediata.

Si son de mi quinta suelo contestarle lo siguiente: “Recuerda lo que te enseñó tu madre: a la hora de la siesta no se molesta a nadie”. Porque si estamos abocados a la idiocia, por  lo menos que no olvidemos la urbanidad y los buenos  modales.  Y porque la siesta es sagrada, coño.

1 Comentario

  1. Maleducado y grosero. Este periódico ya no es lo que era. No creo que haya que escribir palabras malsonantes para dar la opinión. Esta es mi opinión.

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