La Córdoba que desaparece


Se adivina una pátina sepia de tiempos pasados que difícilmente volverán. De una Córdoba que ya no es o que está dejando de ser.

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Esta semana el Rectorado de la Universidad de Córdoba acogía el acto de nombramiento de socio de honor al alcalde de Córdoba, José María Bellido, por parte del Aula del Vino. Fue un acto sencillo, entrañable y cargado de nostalgia, o eso me pareció a mí mientras pasaban imágenes en unas pantallas que mostraban tiempos pasados y gentes marchadas.

Manuel López Alejandre agradeció al rector magnífico Villamandos el que la Universidad acoja el Aula del Vino, que es asociación sin ánimo de lucro pero animosa en cuanto a promover la cultura enológica se refiere. A Manuel “le gusta el vino desde chico” que me decía mi padre, gran amante del mollate al que le atribuía salvíficas cualidades que lamentablemente no impidieron que el alzheimer nos lo arrebatara demasiado pronto, demasiado joven y sin un medio que degustar como última voluntad. Quiero imaginarlo ya jubilado, en el Aula del Vino, escribiendo algún soneto a los caldos o diferentes artículos contra los destilados, esos nada católicos enemigos. Porque el vino de Montilla Moriles además tiene propiedades trascendentes, como recordó otro socio de honor e “hijo y nieto de bodegueros”, el canónigo don Fernando Cruz Conde, que realizó una cariñosísima presentación del nuevo socio y primer edil a la par que recordaba que ese vino se consagra y se convierte, nada menos, que en la sangre de Cristo.

Hubo momentos religiosos en la presentación como no puede ser de otra manera cuando interviene un canónigo, se tiene de presidente de honor a San Rafael y cuando se habla de vino, y también cuando el alcalde dio testimonio de su fe, de su condición de hermano de la Buena Muerte y de cómo algunos compañeros de su partido, el PP, visitaban a la Virgen de los Dolores los días de las elecciones y cómo quiso la divina providencia que hace dos años el manto de la Señora los acariciara y eso fuera definitivo para ganar en las urnas. Así lo contó Bellido y así debió ser para desazón de Tezanos, que solo tiene fe socialista, o sea, de cocina laica. El alcalde, reforzado por las imágenes de momentos y personajes que disparaban quedamente las pantallas, nos recordó a otros tiempos cuando en su partido se abanderaban algunas causas que ya no se arropan porque la secularización lo alcanza todo, hasta la intención de voto. Así que se agradece que un alcalde cordobés se reconozca en público creyente católico y bebedor de vino, ambos extremos revolucionarios sin duda en los tiempos de idiocia social que vivimos.

López Alejandre desveló que al alcalde se le nombraba socio de honor por el ‘empuje’ que le está dando a la ciudad y recordó a la base logística y a Amazon y a todo lo que se supone que va a venir, que será bueno y que posiblemente cambie el paisaje de una ciudad sin muchas tabernas que fueron y taberneros que ya no están o resisten como los últimos filipinos rodeados de gintonics de diseño y colores imposibles. Recordó así mismo que es el segundo alcalde que recibe tal distinción, y que le precedió Rosa Aguilar aunque suponemos que no por el empuje que le diera a la ciudad porque era señora de solo empujarse a sí misma sino porque siempre ha sonreído muy bien, y el vino ante todo es alegría. En las imágenes vimos a Andrés Ocaña, que también fue alcalde y quizá mereciera el nombramiento antes que su camarada Aguilar, porque aunque sonreía poco o casi nada, lo realizaba sin imposturas cuando lo hacía.

En los años de trayectoria del Aula del Vino, en sus actos y homenajeados (el meteorólogo Maldonado, Concha Cuetos, Elio Berhanyer, Antonio Gala, la señora de las tabernas Lola Acedo, su marido Pepe El Pisto…) se adivina una pátina sepia de tiempos pasados que difícilmente volverán. De una Córdoba que ya no es o que está dejando de ser. Quizá el vino sea el lazo para unir costumbres y generaciones, pero sin la solemnidad ni la perspectiva que las tabernas imprimían a un modo de vida reflejado en el cristal de un catavinos. “La cata ahora es un botellón”, soltó Alejandre que se puso orteguiano (“Eso no es, eso no es…”) recordando que él impulsó la primera cata con otra idea completamente distinta del botellón actual. El vino es todo lo contrario a la prisa y ahora todo es prisa. Hasta la logística que se aplaude desde el Aula es hija de la prisa por recibir, por comprar, por tener, por no esperar. Esa Córdoba, la que siempre ha esperado sabiamente entre botas de amontillado y tapas de boquerones en vinagre, ya no será en un futuro no muy lejano.

Por cierto, que el Acto del Aula del Vino se celebró sin copa de vino al final. El covid ha sido el acelerador definitivo para cambiar las viejas y sanas costumbres.

 

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