Los opinadores


Y así echaron su peonada opinativa y su jornada laboral en redes. Y después se fueron a liquidar fascistas a la terraza del bar.

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No aspiro a muchas cosas en la vida salvo a ser opinador ocioso. Funcionario, para más señas. Profesor de algo, con horario definido, vacaciones de Semana Santa, sus puentes varios al año y una tumbona agostí. Y opinar, claro. Meterme en el Twitter y liarla parda, respaldado por varias subvenciones, el cariño de algún lobby – grupo de presión también mantenido- y el calor de toda una tribu que me arrope por las noches y me dé un besito transversal antes de dormir.

Porque, aunque parezca mentira, hay mucha gente así. Sin preocupaciones tales como la cuota de autónomos, el mes más largo que el sueldo, el desempleo, la gama Hacendado para el carrito de la compra, o poderte permitir unos pantalones del Primark. Gente perita. Que sienta cátedra, que reparte carnés de todo, que promueve círculos sanitarios, que luchan contra el fascismo desde por la mañana, que conocen a la perfección la mejor añada de un Ribera del Duero en el gastrobar de moda. Publican libros porque tienen editoriales que los acunan y promocionan, escriben versos para encuentros poéticos donde levitan y les pasan el cheque, y vuelven al Twitter para quejarse por la opresión de los poderosos.

El pasado martes el Cabildo Catedral mostró a guías turísticos y medios de comunicación el resultado de las últimas catas realizadas en el Patio de los Naranjos. Aquí está esto, tomen las fotos que quieran,  es ciertamente espectacular y les permiten a los arqueólogos e historiadores realizar nuevas hipótesis sobre nuestro pasado antes de llegaran los musulmanes, vinieron a decirnos. Sin trampa ni cartón. Sin hablar, casi, porque las explicaciones fueron tan laicas como el arqueólogo que las ofreció prácticamente en su totalidad.

Al día siguiente, los opinadores ociosos andaban en lo suyo, que no es impartir clase en las aulas que les corresponden por ‘oficio’ sino al resto del mundo mundial. Hacía suyas las interpretaciones de lo explicado y mostrado con total trasparencia el día anterior y exponían sus razones políticas al respecto. Porque los opinadores ociosos son ante todo opinadores políticos. De la orilla izquierda, mayormente. Aunque también los hay de la otra, faltaría más. Mandaron a la mierda lo que un señor arqueólogo sostenía con la prudencia intrínseca de la hipótesis y la ponderación propia del método científico, y se dedicaron a lanzar sus directrices, retomar sus relatos, y explicar la Historia que ellos explican como única, cierta y verdadera, que no suele corresponder con la conocida académica y objetivamente con la de los historiadores. Y sacaron las conclusiones en un documento que les publicará la diputación.

Y así echaron su peonada opinativa y su jornada laboral en redes. Y después se fueron a liquidar fascistas a la terraza del bar. Con un par de cañas y un pincho de sushi. Era primero de mes y estaban recién cobrados, lo cual tranquiliza el combativo y crítico espíritu. La historia había quedado explicada a la globalidad que les sigue tal cual ellos dictaminan. Les están preparando unas jornadas pagadas por la UE para exponerlas telemáticamente. Tienen a varios becarios ya trabajando en ello.

Y a la tarde se van a hacer yoga. O crossfit. O lecturas poéticas.

Yo, sobre todo por lo del crossfit, quiero ser opinador ocioso. Opinador ocioso maquinón. Y para salir a las tres de la tarde del curro sin haber tenido que ir.