El reclamo


Teníamos las torrijas, el azahar y los cultos. Pero poco más.

Aguilar

Lo ocurrido el pasado Miércoles Santo en la Plaza de Capuchinos es algo que se puede explicar, por ejemplo, desde la psicología conductista. Si un cofrade semiconfinado, joven, y vestido de Miércoles Santo, oye los compases de una banda y además en un marco tan incomparable -como lo es tal rincón cordobés- visualiza proyecciones de imágenes de tiempos prepandémicos, lo más normal es que acuda al reclamo, aunque tal ejercicio de la hermandad no tuviera ese espíritu ni objetivo reclamador. Y no acuden uno sino varios y algunos más, lo cual, por pura progresión aritmética, acaba convirtiéndose en un grupo humano de alto riesgo en estos riesgosos tiempos.

Puedo entenderlos yo que no soy cofrade pero sí que si veo un cartel de un concierto de León Benavente o Los Crudos, comienzo a salivar. Pongo estos dos ejemplos porque fueron conciertos de antes del apocalipsis a los que casi fui y terminé por no ir, y aún lo lamento.

Esta semana los gregarios seres humanos nos hemos movido de templo en templo, con distancias y mascarillas y añoranzas en los bolsillos. Juanma Moreno nos ha permitido una libertad condicional pero sin procesiones y, entonces, la Semana Santa ha sido pero no. Quiero decir que incluso los no cofrades como yo teníamos una especie de inercia acumulada de años anteriores y el cuerpo nos pedía nazarenos, imágenes y tambores. Teníamos las torrijas, el azahar y los cultos. Pero poco más. Si se escuchan los sones de una banda y aparece un holograma procesional en Capuchinos, uno cree haberse encontrado con un generoso premio gordo en este tiempo de estar a las 11 en casa, como cuando teníamos 15 años. Toda la vida trasnochando y llega una Semana Santa y  estás a las diez y media de la noche buscando las zapatillas de paño y preparando el Netflix. No me digan ustedes que la distopía no es además surrealista.  

Pero es que encima en estos tiempos distópicos, este devenir covidiano ha aumentado el espíritu inquisidor que casi todo hispano lleva dentro. Hay un programa televisivo- creo que dominicano- de juicios teatralizados que da miedo. Las partes implicadas casi siempre llegan a las manos, los vigilantes jurados no dan abasto separando a esas fieras y a la jueza le falta saltar del estrado y pegarle al acusado. Esa semilla caliente y latina, caray. Algo parecido ha ocurrido con lo de Capuchinos en las redes sociales, como si allí se hubieran congregado varios clones de Antonios Davises Flores, cosa que he seguido con cierto interés, para qué negarlo, porque fui uno de los que publicaron la noticia. Terminas de redactarla, le das a ‘publicar’ y piensas ‘que sea lo que Dios quiera’. Y Dios ciertamente en estos casos creo que no interviene, sino el hombre – y la mujer- en su más puro caudal salvaje. Juicios paralelos, exabruptos, y lindezas varias han hilvanado comentarios y pareceres sobre gente que quizá tuvo un comportamiento poco responsable, pero que, como todos nosotros, acuden en su más humana humanidad al reclamo de algo que recuerda que una vez fuimos normales, que La Esperanza bajaba preciosa el Bailío y que Pablo Iglesias no era ni siquiera vicepresidente segundo del Gobierno de España dimitido.

Y sin embargo, lo que nos ha quedado es una futura cita para vacunarnos. O no.  

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