Día del padre


Yo no he oído crecer a mis hijos cada día ni cada noche. Solo oigo la incineradora de los afanes y los recuerdos junto a la del Asland

2014 03 maleta0

A veces me siento mayor cuando reparo en que soy un padre solitario. Sin embargo, cuando me miro en el espejo siento una extraña maldición en no hallar aun canas, ni alopecia  y ni siquiera las inevitables arrugas. Soy el padre que fui pero ya un padre en soledad. Porque cuando los hijos crecen los padres se quedan solos. Los padres divorciados también son solitarios curtidos porque han ejercido de padres en horarios reglados, durante vacaciones divididas como divididos quedan los corazones de los hijos cuando un divorcio. Para siempre, además.

El espejo me muestra al padre que fui en la puerta de la guardería, de la academia de inglés, de la fiesta de fin de curso, de acostar a mi niña en la cunita por las noches, de pasear a mi insomne primogénito por un casco antiguo en obras y tratar de dormirlo con el trajín de los baches. El padre lleno de miedos y de anhelos, de dudas y confusión. Un padre de manual sin manual de padre. El reflejo traidor me muestra a mí mismo en silencio, sin el sonido de la televisión ni los juguetes, ni de una madre alrededor del bullicio quedo y doméstico de una casa con hijos. Aquel padre una vez fue pero aún me sigue mirando.

Cuando fui padre por segunda vez enterré al no padre que había sido hasta entonces. Me hizo falta una segunda oportunidad para ello y tras eso vinieron otras oportunidades para ser padre de los que comen huevos y desayunan marrones: no ver crecer a tus hijos, por ejemplo. O verlos grandes a cada semana y hasta hoy, que son espigas de un  padre que los busca para llevarlos al parque, comprarles una palmera de chocolate o unas zapatillas bonitas. Y ya no están. Yo no he oído crecer a mis hijos cada día ni cada noche. Solo oigo la incineradora de los afanes y los recuerdos junto a la del Asland, en las noches insomnes en una terraza que muestra ventanas donde a veces aparecen padres que acuestan a sus hijos, les dan un beso y por la mañana los llevan al cole de la mano. Yo fui uno de ellos y ahora solo me quedan fotos digitales y algún destello de nostalgia húmeda y salada. Es en ese momento cuando adopto la forma del hijo huérfano de padre para comprender a mi padre y conocerlo mejor, ahora que no está. Así de rara es la vida. Así de sabia es la muerte.

Ayer, por San José, eché de menos una manualidad escolar de esas que te dicen papá te quiero mucho y reparé en las que tuve y no vi, o guardé apresuradamente, o no cuidé, o coloqué en una estantería creyendo que el tiempo se detendría. Pero no se detuvo y los años pasaron  y aunque los niños siguen haciendo manualidades en horario lectivo para el día del padre yo ya no tengo niños, o los tengo por una pantalla de móvil y miden más que yo, y calzan un 42.

A veces me siento mayor cuando descubro que soy un padre de ratos breves durante los días vividos casi sin reparar en la fugacidad de los niños que dejan de serlo para continuar con esto que es la existencia. Me he quedado detenido en una paternidad joven sin tardes de circo, ni veranos de bufé libre, ni confinamientos con dibujos animados en el salón y tablet.

Al caer la tarde mi hija me llama. Papá felicidades. Te quiero mucho. Mi niña es casi una mujer y yo soy su padre detenido en el tiempo. Que la echa de menos. Que los añora a la salida del cole, en una tarde de merienda, en los columpios de Colón que siguen igual. Una llamada telefónica es como una cartulina escolar dibujada con ceras y rotuladores.