Obnubilados


Y el espectáculo nos obnubila. Y en vez de contar la vida especulamos con los posibles, los futuribles, los escenarios y las encuestas, las intenciones de voto y las asesorías bufonas

Hace algunos años tuve la oportunidad de alejarme de esta profesión para tomar distancia, cerrar puertas y emprender un nuevo camino. Ocurre que, como decía Michael Corleone en El Padrino III, “Just when I thought I was out, they pull me back in” (“Justo cuando pensaba que estaba fuera, vuelven a involucrarme”). Y acto seguido se desmaya por un coma diabético.

unnamed 1

Mis índices de insulina están bien por el momento y me encuentro felizmente involucrado de nuevo. Pero con otra perspectiva: la que da la distancia, el trabajo autónomo y unas mayores dosis de independencia en la vida. Apagué la radio, reduje las interferencias y recorrí kilómetros de asfalto y realidad. Me encontré con la vida de verdad y solo mantuve un pequeño contacto con la actualidad porque entonces escribía una columna semanal de opinión en un diario. Pero cuando me asomaba a las cuitas domésticas, los pequeños dramas capitulares, los empresarios de siempre, las plataformas reivindicativas, las declaraciones públicas y los proyectos apalancados, en realidad me sentía un marciano mirando no sé exactamente qué. De todas formas unos años antes yo estaba dentro de esa realidad y no solo no me era ajena sino que trataba de contarla. Acabé viviendo en modo remoto, institucionalizado y triste. Los psicólogos le llaman anhedonia. Para mí fue hartura.

Tomar perspectiva también me ayudó a coger impulso y a medir los tiempos, jerarquizar las urgencias y en muchos casos convertirlas en material reciclado. Eso se traduce en mi actividad profesional hoy, en la que se trata de nuevo de contar lo que pasa. Lo que nos pasa. Y otra vez  me encuentro con el hipnotismo que la política ejerce sobre la comunicación, contaminándolo todo.

Esta semana que finaliza ha estado plagada de estrategias y tácticas, de elecciones anticipadas frente a mociones de censura ladinas y arteras. De mensajes de unidad frente a la traición, de valoraciones sesudas y de loas o críticas. La vida ha vuelto a pasar por Madrid como si la vida es lo que pasa en Madrid. Hemos querido ver en Córdoba las consecuencias, y en Andalucía, pero no es un problema geográfico sino humano, de debilidades, ambiciones, bajezas y gestos ya conocidos. Fuera del espectáculo está la gente y la pandemia, pero hasta esta última se ha agendado en forma de datos diarios y fríos, y medidas dictadas por comités de autoproclamados expertos.  Hablo de espectáculo porque la política hace mucho tiempo que lo es, un espectáculo mantenido y financiado por los que abren la persiana -si pueden- cada día, por los de los ERTE, por los asalariados mileuristas, por los que aplauden desde el balcón porque les han dicho que es bonito.

En su libro ‘El periodismo volátil’ (UOC, 2013) Nereida Carrillo, periodista, dice respecto a la información política que “predomina lo realístico frente a lo real, es decir, lo creado para su reproducción mediática; por otro, se prioriza lo autorreferencial a lo social, lo que rodea la política eclipsa la gestión política, lo social, lo ciudadano” Los ciudadanos, los contagiados, los muertos, los arruinados, los asustados, los niños de parque breve, los que viven con incertidumbre y los que tiene una nómina segura han quedado eclipsados por la agilidad y astucia de Ayuso, la traición de Arrimadas, la concejal misteriosa y futura adscrita de Córdoba, la petición de nuevo de la Mezquita por parte de los  insaciables camaradas de siempre, y la condena o no de la mierda vandálica que ha rodeado al rapero tonto con obesidad mórbida.

Y el espectáculo nos obnubila. Y en vez de contar la vida especulamos con los posibles, los futuribles, los escenarios y las encuestas, las intenciones de voto y las asesorías bufonas. “Desde la Transición (…), el fetiche de la identificación social con las siglas de los partidos, por mediación de la plantilla ceremonial izquierda/derecha, ha operado como una anímica mazmorra en cuyo interior no entra un solo átomo de aire o vida. Camisa de fuerza de una ciudadanía que ha cedido su potencia propia en manos de los peores- con diferencia- de cuantos individuos componen una sociedad moderna: los que no valen para otra cosa; los políticos de oficio, esa casta de gentes sin saber específico, sin habilidad laboral o maestría valorable en el mercado, que no sea ésta de parasitar la sociedad económica y socialmente productiva con cuyo peso los demás cargamos; que han hecho de ello fuente de vida ostentosa y de perenne privilegio”, dice Gabriel Albiac en “Contra los políticos” (Temas de hoy, 2008). La camisa de fuerza referida por Albiac también se encuentra en este oficio pendiente de una política que es espectáculo hasta cuando se autocritica. “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”, ha dicho el parlamentario andaluz Fran Carrillo, de Ciudadanos, parafraseando al presidente de la I República Estanislao Figueras. Pero no se ha marchado a pesar de la testiculitis, supongo que queriendo aportar su grano de arena a un cambio en el ejercicio de la política que nunca llega porque se retroalimenta, como muy bien sostiene la doctora Carrillo, de lo autorreferencial.

Esta semana muchos de nosotros, incluso el indomable Jiménez Losantos, pedía elecciones como caramelos cuando hasta hace poco celebrar elecciones era una temeridad sanitaria. Cuando las encuestas aprietan, los intereses pesan y las estrategias se alinean todo vale. Arrimadas hace poco decía que había que poner el acento en los problemas reales derivados de la crisis sanitaria y hace un mes abrazaba en secreto al PSOE de Sánchez y a sus socios. Porque pueden hacerlo. Porque no les cuesta nada. Porque nos tienen obnubilados, incluso a los que en vez de denunciar tanto légamo moral hoy están/estamos encantados con la valiente Ayuso o pendientes de una futura concejal de Córdoba de la que dentro de unos años no recordaremos ni que fue una adscrita. Signifique eso lo que signifique.