Andaluz a tiro pasado


Desconocíamos el concepto de Andalucía como ahora se celebra, sobre todo institucionalmente. En realidad nos importaba un pepino. Éramos andaluces y punto.

El pasado domingo, 28 de febrero, uno de mis adolescentes, en el almuerzo familiar sin teléfonos móviles, me planteó dos cuestiones interesantes. La primera es que quiere sacarse el carné de conducir (OhmyGod, no me olía la tostada) y la segunda versó sobre su añoranza, por ser fin de semana, del desayuno molinero tradicional del instituto. La tradición referida, en efecto, lo es desde hace algunos años en los centros escolares que celebran el día de Andalucía con un desayuno de pan con aceite y zumito industrial y que definen como ‘desayuno molinero’. De forma muy acertada, ese mismo domingo mi compañero Jesús Cabrera reflexionaba en este diario sobre ‘el timo del desayuno’, que les invito a leer si no tuvieron ocasión. Dudo mucho que mi hijo se hiciera eco del mismo, básicamente porque estaba haciendo un ‘brunch’ a esa hora, esto es, un desayuno/almuerzo consistente en arroz con costillas que se había currado su progenitor, y solo había dado cuenta de algunos mensajes de los colegas, la novieta, unos vídeos del Tik Tok  y poco más. Los adolescentes tienen el horario cambiado debido a las hormonas y a los dispositivos electrónicos, y los domingos a mediodía una salita comedor de cualquier hogar occidental es almacén de espigados zombies tumbados sobre un sofá conectados telepáticamente al Samsung.

Mi muchacho quiso indagar algo más en la biografía paterna y me preguntó sobre mis desayunos molineros de infancia en el cole. Cuestión interesante ésta por cuanto tuve que hacerle un recorrido sobre la Transición, los colegios de aquella época y la historia del 28 F. Y añadirle que cuando yo salí de la EGB, en 1982, aún no era tradición ni en los colegios ni en Andalucía zamparse un mollete de Antequera con aceite y azúcar – bueno, ahora azúcar no, que es veneno- ni un zumosol. De hecho en los colegios, los niños de entonces nos comíamos un bocadillo de salchichón o de chorizo de cantimpalo que te preparaban en casa y que llenaba de efluvios el aula hasta la hora del recreo. Era un desayuno heteropatriarcal y con colesterol, pero no lo sabíamos y ni falta que nos hacía. También desconocíamos el concepto de Andalucía como ahora se celebra, sobre todo institucionalmente. En realidad nos importaba un pepino. Éramos andaluces y punto. De señores con abrigo y gabardina, muy serios, en una manifestación el 4 de diciembre de 1977, solo teníamos una vaga referencia si a casa había llegado algún periódico, que no a todas llegaban. Como mucho, el acercamiento gráfico a una Andalucía en color e infantil nos abordó con los carteles de José Ramón Sánchez, que inoculó un socialismo naif como de dibujos animados y que se incrustó en los genes y en los votos perpetuados de las generaciones de entonces.

El pasado fin de semana yo no celebraba nada porque no tenía nada que celebrar. No lo he hecho en ningún momento desde 1980 y dudo mucho que me institucionalice de andaluzas maneras en un futuro. Lo que no quita que celebre la vida en esta tierra que me parece la mejor del mundo para vivir. De hecho, yo cerraría fronteras y desviaría a todos los madrileños a Benidorm. Autarquía. Podríamos hacerlo. Lo único de verdad que ha dicho un socialista en toda la historia andaluza ( y del socialismo) es que esta es la California de Europa. Lástima que también esta California se haya dejado mangonear y adormecer y acomodarse y conformarse con el dolce far niente que nos llegaba ya envenenado desde las entrañables viñetas y carteles de aquel José Ramón Sánchez, porque esa es la Andalucía que se celebra desde entonces, la Andalucía de la Administración, de ‘La Nuestra’, de las medallas institucionales en una tierra que ha renunciado durante muchos años, casi 40, a liderar el pódium del empleo, de la economía, de la excelencia y de la decencia también. Cuyo regalito a los alumnos que se pierden entre los datos nefastos del informe PISA es un festivo e identitario mollete con aceite y zumo de polvos.

Metidos ya en marzo, celebro el ser andaluz como lo hago todos los días: agradecido por vivir aquí. Por su clima, por su gastronomía, por sus paisajes, por sus playas, por sus sierras, por su patrimonio, por su arte, por sus mujeres, por sus hombres, por su gente. Y por mis adolescentes, andaluces nuevos de desayuno molinero con un padre raro que celebra todo esto a tiro pasado. Y sin folclore.

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