El banco


Antes del apocalipsis, este banco -que soporta sobre sus acciones y activos el Ibex 35- ya comenzó a hacer desaparecer a la gente para cambiarlos por sofás rojos y pantallas

La sucursal parece la sala de espera VIP de un aeropuerto. Donde antes había señoras perfumadas haciendo cola, jóvenes con pendiente mirando el móvil, pensionistas con la cartilla en la mano y una pareja de novios para firmar la hipoteca del piso con piscina comunitaria para los veranos terribles, ahora solo quedan sofás rojos de local de alterne. Y una pantalla gigante que dispara felicidad: es usted nuestro cliente especial, confíe en nuestros planes de inversión, la jubilación no tiene por qué ser de avecrem, ¿conoce nuestra tarjeta master platinum of the universe?. En una esquina de la megapantalla que es el Jumbotron de Sony globalizado en LED y repartido por el hemisferio norte,  van apareciendo las combinaciones de letras y números que te dirigen, por turno, al mostrador correspondiente para la gestión precisa. YZ004, HM102, HAL9000… Si estuviera en la Quirón el YZ004 sería para el reumatólogo de las 17:00 del jueves 25, pero en la sucursal bancaria mi extraño código, escupido sin tacto por una pantalla táctil, sirve para solicitar una documentación que dé fe de que he pagado cosas. Como si no se me notara en la cara. Y en la chepa. Pero además ahora debo atestiguar mi condición de pagador en formato PDF. Doce recibos. Del 2018, año que ya he olvidado, por cierto.

La reforma sideral de la sucursal no responde a la pandemia pero le ha venido muy bien. Antes del apocalipsis este banco -que soporta sobre sus acciones y activos el Ibex 35- ya comenzó a hacer desaparecer a la gente para cambiarlos por sofás rojos y pantallas. Se esfumaron los pensionistas en la cola y las mujeres de la caja y los señores con corbata que tomaban café en el bar de al lado a las 10. Su directa competencia, justo enfrente, hizo exactamente lo mismo pero cambió el rojo de los sofás por un azul marino brillante. Las personas han desaparecido de los bancos y esto es en realidad uno de los grandes misterios del neocapitalismo o el socialismo globalista.  Ahora, con el virus, queda más patente la falta de género humano en la sucursal. El dinero tampoco existe, pero mueve el mundo.

Me atiende un prejubilada tras una pantalla de plexiglás. Se lía con el cable del teclado, con los comandos del programa y con el botón de la impresora. Debe ser producto del aislamiento. Es la mujer burbuja, y yo un contribuyente reclamado por la Agencia Tributaria y débil y cansado y con miedo, no voy a negarlo. De fondo suena casi rítmicamente ese extraño tono musical que anuncia un JS760 o quizá un QKL083. Detrás de cada uno de ellos encontramos un drama, un impago o un recibo de Endesa.  Parece que, de un momento a otro, una voz nos avisará de la próxima salida del vuelo de Iberia FLY360 con destino a Londres, pero eso no ocurrirá porque estamos perimetrados. Inmovilizados. Y tiesos, si no no estaríamos en la sucursal. Hubo un tiempo que se cogían vuelos. Ahora nos han transformado los bancos en una sala de espera VIP para que mantengamos la ilusión.

La ilusión de que el banco nos quiere. De que nos cobra las comisiones porque somos especiales. De que le pasan nuestros datos, transferencias, ingresos, descubiertos, cobros y reintegros a Montero o a Montoro por nuestro bien. De que esta vida sin personas en la cola o en el mostrador es una de las mejores cosas que podían ocurrirnos.

De que este es un mundo feliz.

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