El desorden que dejas


Fotograma de ‘El desorden que dejas’, con Inma Cuesta / Foto: LVC

No soy experto en política internacional y menos en la estadounidense. En realidad no soy experto en casi nada salvo en preparar carrillada en salsa o bacalao encebollado. También se me dan bien las ensaladas y a veces hago entrevistas que me gustan. Hasta aquí mis escasos atributos. Quiero decir que no entiendo si el gobierno de Donald Trump ha sido bueno, malo o regular. Puede que haya tenido sus luces y sus sombras y que el tipo, desde luego, ha dado titulares y momentos impagables para cualquiera que tenga una relativa curiosidad por lo que ocurre en el mundo o por lo que le cuentan que pasa en el mundo, que no es lo mismo.

A mí, de todos modos, Trump me cae bien por la gente a la que le cae mal. O que te dice que tiene que darte asco. Y también me cae bien por alguna cosa que le he visto y para lo que hoy en día hay que tener arrestos: enfrentarse a los progres. Porque el éxito, aunque efímero y ciertamente torpe de ese gañán ha sido plantarle cara a una izquierda que lleva demasiado tiempo instalada en la comodidad de la superioridad moral por ella misma inventada. Y porque, curiosamente, ha sido un tipo votado por la clase trabajadora, rural y olvidada que tanto molesta a los urbanitas de diseño. A su manera, Trump quiso librar una batalla que ha perdido porque sus enemigos son más poderosos que el patrimonio que él posee y las redes que su multimillonaria influencia pueda ejercer. Y porque, reconozcámoslo, donde no hay mata no hay patata. Y Donald da de sí lo que da.

El último episodio de su larga agonía ha sido el supuesto asalto al Capitolio, que huele mal desde Wisconsin hasta Cardeña, por hablar en términos globalistas. Para mí que a Trump le han hecho un onceeme en toda regla, como se lo hicieron al PP, del cual todavía no se ha recuperado ni el PP ni España en general. No ha habido víctimas mortales – o solo una que lamentar- pero sí una escenificación que, como parte del relato, cala gracias a todos los medios que Trump no controla y que son casi todos. Relato compuesto por capítulos previos como el Black Matter o el Me too y que forman parte de la misma basura globalista, manipuladora y liberticida de la que tampoco escapamos aquí.

Como no me preocupa nada el nivel de popularidad personal, debo decir que uno de los análisis más acertados – a priori- de lo ocurrido en el Capitolio estadounidense se lo leí en Twitter a Santiago Abascal, al que a veces le sale – muy pocas- el sociólogo que por formación universitaria debe tener dentro de sí. Entre sus observaciones, destaca una que es ejemplo diario y que goza de inmunidad en según qué lado: el ejercicio de la violencia se justifica, ampara y defiende cuando ésta se practica desde la izquierda y se criminaliza solo cuando no se produce en ese ámbito, suponiendo, como digo, que los chirigoteros que se fueron de fiesta al Capitolio fueran cromañones fascistas, que puede que no.  Aquí lo hemos comprobado con este asunto cuando enseguida los socialistas, podemitas y demás peña supermegademócrata han puesto el grito en el cielo cosa que no hicieron ni ante el Congreso de los Diputados, al que rodearon y casi asaltan o como cuando Cataluña en 2017. Cabe recordar, así mismo, que cuando el régimen socialista cayó democráticamente en Andalucía, los podemitas también se fueron para el parlamento a salvarnos. La alerta antifascista y tal.

Nada de lo que ocurre es algo aislado, ni casual ni nuevo. El elaborado relato posmoderno y globalista se ejerce desde hace mucho y en todos los ámbitos y estamentos: medios de comunicación, sectores artísticos, estamentos públicos, partidos políticos (también de derechas), colegios, institutos, universidades (sobre todo), asociaciones de vecinos, reuniones cuñadas y hasta en la megafonía de los supermercados con los avisos inclusivos (“Estimadas y estimados señoras y señores clientas y clientes”)

La pasada semana me dio por ver una serie española en Netflix – plataforma pata negra antiTrump y pro memoria histórica republicana, entre otras características perita- y que se titula ‘El desorden que dejas’. En realidad fue por Inma Cuesta, una debilidad como otra cualquiera. Me gusta su nariz puntiaguda y su porte tan español. La serie creada y dirigida por Carlos Moreno en principio es un thriller que durante ocho episodios pretende reflexionar sobre la ausencia, la muerte y la superación del duelo. Más o menos y siendo muy generosos. La acción transcurre en un instituto gallego, principalmente, y todo es super guay menos los malos, que como se pueden imaginar están vinculados a una trama corrupta con la Xunta. En el capítulo 6 ya canta esa gallina – a ver para cuando una megaserie con las corrupciones andaluzas- pero antes ha habido una defensa del derecho al aborto, un personaje transgénero, un piadoso caso de eutanasia y muchos nombres propios modernos (Los Mauros y los Yagos de la vida). Toda la miniserie es de manual. De manual progre. Fetén. Formador. Educacional. Te la cuelan así, y tú en tu sofá.

Vuelvo hoy a recomendar un libro que ya modestamente sugerí aquí mismo y que se llama ‘La Neo Inquisición. Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI’ (Deusto/Planeta, 2020) y cuyo autor es el chileno (y liberal) Axel Kaiser. En él el autor hace referencia al artículo “El origen de nuestra segunda guerra civil”, del historiador Victor Davis Hanson de la Universidad de Stanford, cuando afirma en el citado artículo  que “casi todas las instituciones culturales y sociales – las universidades, las escuelas públicas, la NFL, los Óscar, los Tony, los Grammy, la televisión nocturna, los restaurantes públicos, las cafeterías, las películas, la televisión la comedia…- no solo se han politizado, sino que se han convertido en armas”.

Que se lo digan a Trump, cuando ya derrotado, mira hacia el desorden que ha dejado. Tan bien organizado por los que marcan el relato.

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