Una fiesta de fin de año


Fue introduciendo las doces uvas en un pequeño vaso de cristal fino mientras canturreaba el ‘Core N’Grato de Salvatore Cardillo – versión de Bocelli- al tiempo que recordaba los amores que fueron años atrás.  Juan Rodríguez Carrizosa solía tener un gusto musical que podría ser tachado de exquisito, pero no había nada de especial ni elevado en su vida de prejubilado de clase media. Por no haber, no tenía nada más que recuerdos lejanos de las mujeres que amó y que ahora eran evocadas por el ‘Catari’ en la voz de un  tenor invidente. Juan Rodríguez Carrizosa apuraba las últimas horas del año 2020 con una cuidada selección musical que incluía a la Callas con el ‘O mio babbino caro’ de Puccini, la ‘Lacrimosa’ de la Misa Réquiem en re menor de Mozart,  o el Intermezzo sinfónico de ‘Cavalleria rusticana’ de Mascagni, interpretado magistralmente por la orquesta del teatro de la Scala de Milán.

De fondo sonaba algo en la televisión. Era el ruido del vestido de Ikea de una muchacha Pedroche que cada año se autoproclama ganadora  del feminismo epatante de alta costura. La alta costura ya no suena como la Pavane en fa sostenido menor de Fauré que en ese momento acariciaba el reproductor digital de Juan. La alta costura ya no existe porque ya no vive Saint Laurent y con él se esfumó el invento. Ahora solo quedan modelos anoréxicas o Cristinas Pedroches de la vida, sobre un apartamento en la Puerta del Sol. La verdad es que a Juan la moda se la traía al pairo porque siempre fue un clásico con principios conservadores y referentes tradicionales. Es por eso que estaba deleitándose con el Adagio para cuerda de Barber que ejecutaba la Filarmónica de Nueva York bajo la dirección de Leonard Bernstein  mientras acababa de cocer los mejillones. Siempre se ponía un poco triste: Juan Rodríguez Carrizosa recordaba a sus hijos pequeños en otros inviernos llenos de risas y paseos por las atracciones navideñas, los mismos hijos que ahora ve por una pequeña pantalla de teléfono móvil- si se ha puesto las gafas- de higos a brevas, o sea, muy poco. De hecho le llamaron al caer la tarde de ese 31 de diciembre porque, a pesar del toque de queda, tendrían cada uno sus fiestas correspondientes en las que ya no caben los padres prejubilados de clase media. Y divorciados. Juan Rodríguez Carrizosa era un prejubilado que pagaba pensiones alimenticias desde hace años. Un contribuyente. Un hombre que estuvo enamorado. Un señor que ahora evocaba aquella vida con el Canon en re mayor de Pachelbel en la cocina.  

Cuando dieron las doce, Juan se comió las uvas ordenadamente al ritmo de El Invierno de Vivaldi, uno de sus favoritos. Había bajado completamente el volumen al televisor y observaba curioso el gráfico electrónico que marcaba el turno de las uvas. Cuando Juan era joven, la gente sabía cuando y cómo comerse una uva en Nochevieja, incluso sin apresurarse con los cuartos. Pero se ve que algo nos ha ocurrido en el camino y necesitamos asistencia hasta para contar. No hubo risas ni abrazos ni cohetes ni botellas de cava en la Nochevieja de Juan tras las campanadas. Nada que ver con aquellos años con los amigos y compañeros del trabajo, cuando alquilaban una casa rural para un cotillón en camaradería y familias. Subió un poco el volumen del Adagio en sol menor para cuerda y órgano de Albinoni y se quedó mirando las ventanas apagadas de sus vecinos de calle. Había menos animación que cuando los aplausos. Es una de las facturas que ha pasado el año que estaba recién marchado: nos ha vuelto invisibles.

Llamaron a la puerta y, sorprendido, miró por la mirilla antes de abrir. Había un señor joven al otro lado. Le abrió.

– ¿Qué desea?- preguntó Juan

– Soy el año 2021 y le traigo la prórroga de una pandemia y un nuevo plan de jubilación- informó aquel joven.

– Llega tarde, buen hombre- dijo Juan- Estoy prejubilado, me acaban de vacunar y mis hijos están en una fiesta desde hace varios años.  

– Pues entonces no se diga más- apuntó el joven año- Que tenga usted una buena fiesta.

Y Juan Rodríguez Carrizosa volvió al sofá y se puso los auriculares. Sonaba de nuevo el ‘Catari’ de Salvatore Cardillo. Y recordó tiempos mejores. Mucho mejores que los que están por llegar.

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