Lo del ciberacoso


Suele ser una pieza recurrente en el informativo nocturno. En este caso se titula ‘La violencia de género digital’ y básicamente trata del acoso al que los hombres someten a las mujeres a través de las conocidas nuevas tecnologías. Ahí están los datos que no vamos a poner en duda: son más las mujeres acosadas, controladas o insultadas por las redes o Internet que los hombres. De acuerdo. Todos los estudios avalan los datos. Sobre todo en los últimos años, en los que las investigaciones sociológicas al respecto se realizan con la denominada ‘perspectiva de género’ y claro, ya se parte desde una postura determinada en los estudios.

A poco que uno busque en Google informes y estudios sobre el asunto,  se comprueba que la inmensa mayoría participan de la misma idea y casi todos coinciden en los datos que, insisto, no vamos a poner en duda. Son muy significativos en lo que respecta a los adolescentes, a una idea equivocada del amor o las relaciones que sobre todo en el varón le llevan a ejercer un control sobre la chica que traspasa toda línea moral y digna. Curioso, no obstante, cuando tanto dinero se invierte en educar en ‘clave de género’ y las nuevas generaciones han crecido con una idea muy distinta del respeto hacia la mujer que por ejemplo, la mía, que pertenece a la ‘Generación X’ y que hemos estado entre “el que le pega a una niña es un mariquita”, los triunfadores yupis de los 80, la plena incorporación laboral de la mujer, el reparto – forzoso y necesario- de las tareas domésticas para las que no fuimos educados y los divorcios poco o nada equitativos que han resultado con hijos sin ver – afortunadamente la custodia compartida cada vez es mayor y un gran logro- y una ruina económica y laboral que han acabado con muchos congéneres en el arroyo del alcoholismo y la calle. Una de esas cosas, por cierto, de las que se habla bajito o en familia no vaya a ser encima que venga la policía del pensamiento y nos encalome por machismo. Pero vamos, que a alguien conocemos así. Seguro.

Como también, a poco que uno pregunte y el interlocutor se atreva a hablar, puede hallar hombres a los que se les cuestiona, por parte de su pareja femenina, los contactos del Instagram, la hora de conexión del Whatsapp, los Megusta del Facebook y hasta el porqué se ha atrevido a empezar a ver Torrente II en el Netflix. Hace poco me comentaba un amigo que tenía miedo – sí, miedo- a usar Whatsapp porque su mujer se había empeñado en que hablaba con una amiga de la cual sospechaba que mantenía una relación extramarital. Él no solo no tenía ninguna movida con otra mujer sino que amaba, y mucho, a la suya. Los pollos que le montaba la santa eran monumentales y ahí estaba nuestro amigo, capeando el temporal, buscando un teléfono alternativo para poder trabajar – y usar el Whatsapp, claro- y con otro miedo añadido: que encima la mujer le descubriera otro terminal que de alguna forma ella había obligado a adquirir por su celopatía.

El caso de Paco- nombre ficticio- también resulta llamativo: decidió desde su mismidad y libertad romper una relación y al poco iniciar otra. Cuando la ex se enteró, lo que le envió por el Messenger fue de un calibre muy grueso. Y con una certeza lamentable pero verdadera: si hubiera sido al revés, Paco estaría en el talego. Paco se quedó con su ‘cabrón’ e ‘hijodeputa’ como souvenirs de un arrebato – y perdonen que traiga el ejemplo expreso al escrito- y decidió bloquear a la muchacha hasta en el Linkedin. Conserva el pantallazo, no obstante, por si, un suponer, a la muchacha le da por otro tipo de acoso: ese que no existe para los observatorios ni los estudios pero que, aunque sea en una pequeña proporción, también ocurre.

A veces bloquear no es una buena idea. Vicente – nombre real- tuvo que soportar durante años a una novia bipolar  que le breaba a mensajes en cada bronca. Él bloqueaba, pero por la mañana se encontraba más de 40 correos electrónicos con insultos, similares a los de nuestro Paco de antes, que no es la mejor forma de comenzar un día. Y de nuevo el miedo: a romper una relación que a todas luces no le estaba ayudando a crecer ni como pareja ni como persona y a la respuesta de la enviadora compulsiva de misivas electrónicas.

Por supuesto que estos ejemplos no pretenden enmendar la plana a los estudios e informes, faltaría más. Los observatorios de género, las universidades, los sociólogos, los intelectuales, los políticos, los que aplauden desde el balcón y las asociaciones de vecinos están ahí para luchar contra esa lacra. Ya lo están consiguiendo a pesar de las cifras cada vez mayores. Paco, Vicente y el otro amigo solo son víctimillas colaterales y necesarias del ciberacoso que practican unidireccionalmente los de su especie.

Y unos pringaos.

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