La vida


Variedad de flores artificiales para los difuntos en una tienda de la capital. / Foto: JPS

Los muertos suelen estar presentes para recordarnos la vida, la obligación de vivir, de abrazar los días y sus afanes. Pero ahora los muertos no existen, se los comió Sánchez y sus asesores y la oposición y la opinión pública (sector aplaudidor) en uno de los telediarios de todas las cadenas que es el mismo y único telediario para los muertos y los vivos. La pandemia, por tanto, se ha convertido en la no muerte salvo para confinarnos y prohibirnos ir a Lebrija. En ese sentido la muerte aparece  vestida de BOJA o BOE o Diari Oficial y nos recuerda que para casa a las 11 porque vamos matando gente y fastidiando la sanidad pública a golpe de tos imprudente. Ahí la muerte y los muertos surgen de forma ectoplasmática como en una sesión espiritista victoriana y londinense pero en Andalucía Directo. No vaya al parque, mujer, que nos contagia y nos mata a nosotros y nuestras dietas por pleno.

Estamos a punto de sufrir el colapso sanitario y por tanto  de morir de éxito administrativo y público de todos los años de democracia y modernidad. Tantos funcionarios y parlamentarios para que acabes colapsado. Pidiendo cita para ponerle flores a la tumba de tu padre. Mirando el parque desde la reja exterior. Con un mercadillo casi de estraperlo para comprar los únicos gayumbos que ya te puedes permitir. El progreso. La muerte en vida.

Los fieles difuntos no nos han dejado, en cualquier caso. No han salido en las estadísticas pero interceden por nosotros, aunque eso no se entienda con el tapiz naranja de las calabazas estúpidas que llegaron para disfrazar la vida. Y la muerte. Lo que pasa es que mientras nos quieren distraer con disfraces, la vida pasa y no nos enteramos. Como no nos enteramos de los médicos covidianos y de primaria que acuden al psicólogo o se quedan sin vacaciones. A ellos les ocurre como a los muertitos de Sánchez, que no están porque no se ven.

De la vida en esta época del año nos quedan solo las gachas, pero ya no nos las hace la abuela, que murió. Hemos entrado en una fase de la vida en que no se hacen cosas que nuestros muertos hicieron porque hemos estado distraídos con el Instagram. No hay relevo generacional. Solo gachas de confitería. Calabazas melladas. Cierres perimetrales. Muertos callados que gritan que la vida merece la pena vivirla. Pero no los escuchamos.

Nos están preparando para la vida pequeña y encerrada. Para morir en cómodos plazos. Para que la vida, ese regalo divino, parezca un logro del Ministerio de Igualdad.

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