San Rafael


San Rafael./Foto: Luis A. Navarro

El campo. El vino de Montilla en garrafa gris. Las sardinas y los primeros chistes. Un balón de reglamento. El 24 de octubre era la familia sin divisiones ni ausencias, porque estaban y eran todos. El perol. Y que no lloviera, San Rafael, que no lloviera.

Un jersey nuevo. En Córdoba le decimos saquito al jersey. Por eso celebramos San Rafael cuando casi nadie lo celebra. Porque tenemos nuestras cosas y nuestros custodios. Nuestras palabras. Costumbres propias heredadas que ni los politólogos de ahora pueden explicar ni pervertir en esta época de no-costumbres ni tradiciones porque somos moderados o progresistas o rompedores o directamente imbéciles.

San Rafael, este día, acoge lo que fuimos y lo que de momento no dejamos de ser. Fuimos paseos por la judería en este luminoso siempre 24 de octubre sin turistas agolpados mirando el Google Maps. Fuimos más sencillos de tapas cuando no había perol, de paseos por Córdoba solo por el placer de caminarla en su día grande, porque a mí se me antoja más grande que cualquier otro. Fuimos Rafael padre, Rafael hijo, Rafael primo, Rafael sobrino, Rafi la cuñada, Rafaela aquella señora, Rafaeles extensos, multiplicados, repetidos, únicos y cordobeses. Mirar los Custodios, los viejos y los menos viejos, y observar con ojos nuevos cada enclave en el que, casi desde el cielo, nos contemplan con sus alas y su pez.

San Rafael bendito, medicina de Dios, en tiempos de pandemia que no de peste, porque en la peste estuvo para la gente  y ahora la gente, o alguna gente, no está para San Rafael, sino para el Netflix, el ERTE o la bronca. Pero ahí sigue, en el puente romano, en la plaza del Potro, en la Compañía o en la Fuenseca. Algunos mirarán las estadísticas para echarle en cara que esta vez no nos protege, pero no es así. San Rafael tiene la potestad de protegernos de nosotros mismos, de los que pierden la memoria o nos la quieren borrar, de recordarnos que somos pequeños y frágiles, que fuimos familia  sin prisas ni distracciones, que quisimos y abrazamos a los nuestros en un día como éste.

Custodio perpetuo. Arcángel intercesor. Hoy es su día, aquí, en esta Córdoba que oscurece por la enfermedad cada día más pero que no se apagará porque San Rafael, incluso para los que no lo miran ni rezan, no permitirá nunca lo que Dios le encomendó: que proteja a nuestra ciudad milenaria y afortunada y sultana. La única con una belleza tan grande que merece todo un arcángel para ella sola.

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