Vamos a contagiarnos todos


 

Vivimos en clave de rebrote. Cada día aparece un foco, un grupo, una familia, una prohibición. Los expertos se reproducen en las redes y escenifican las dos Españas de siempre, pero ahora en una que nos riñe y la otra que nos avisa. La que nos riñe nos ha quitado de fumar y de la posibilidad de tomar cacharros (es este un plural mayestático) a las 2 de la madrugada en una terraza pija o de barrio popular. La otra se ha pintado el pelo azul Bosé y nos dice que ni ingresos hospitalarios ni muertos o fallecidos. Aquí la gente o se muere y no nos enteramos o no se muere y tampoco nos enteramos. Nos han ocultado la verdad definitiva que supone palmar desde hace años en elegantes tanatorios con cadáveres maquillados y cafetería 24 horas. Me pregunto si ahora tendrán que cerrar a la 1. Las cafeterías de los tanatorios han sido sustento y refugio de alcohólicos de largo recorrido y noches sin reloj, borrachos que se quedaban sin tabaco y acababan allí, en Las Quemadas, tomando un sol y sombra. Sabiendo que también finalizarían en ese mismo lugar, una planta más arriba, gracias al tabaco o a los soles y sombras, pero con maquillaje.

El virus puede suponer la muerte y eso es lo que nos jode. O la tratamos de prevenir o la negamos. Varios meses después seguimos instalados en nuestra soberbia inmortal. Poniendo puertas al campo. Cerrando garitos. Fomentando chivatos. Alimentando paranoias. Favoreciendo sospechas. Creando insomnes. Disfrazando la ruina.

Una jornada informativa está llena de números, de cifras inconexas y de robots anticovid como pantanos inaugurados en los años 50. Del caudillo a los césares autonómicos. O yo o el caos, tal era el franquismo. O nosotros o la muerte, rezan las sociológicamente franquistas administraciones de la democracia. Nos quitan de fumar por nuestro bien, nos ponen bozal por nuestro bien, nos quitan de salir por nuestro bien y nos ponen la cita previa por su propio bien.  Todo es un quita y pon, como una portavoz parlamentaria del PP o el moño higuero de Pablo Iglesias.

Esta semana los periodistas andaluces se quejaban del baile de cifras y la dosificación de las mismas en el parte diario de la Consejería de Salud. Mi abuelo escuchaba el parte de Radio Nacional en las décadas de la Oprobiosa. En el siglo XXI y en el 2020, su nieto espera un parte diario y oficial. Para este recorrido no necesitábamos una Transición imperfecta. Para encerrarnos en casa no hubiera hecho falta la terapia de células madre o ni siquiera la penicilina: cúrese estándose quietecito, y tápese la boca al salir, no me vaya a coger frío también. Alguien nos ha hecho la cabra y lo malo es que la cabra nos ha costado 17 autonomías que seguimos pagando religiosamente desde el 78, más o menos.  Y una OMS, de propina.

Yo creo que a la postre todos nos vamos a contagiar. No queda otra. Unos se quedarán sin olfato y otros entregaremos la cuchara. La vida misma. La muerte misma. Los que vivan será para apoquinar autónomos con las persianas cerradas, lo cual no es vida. Los que palmemos será para pagar el impuesto de sucesiones, cosa que no venía en nuestro catecismo de la EGB. La eternidad era otra cosa. El futuro también parecía de otra manera hasta marzo pasado. Nunca hubiéramos imaginado que nos contagiaríamos de burócratas en cómodas prohibiciones.  

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