No se os puede dejar solos


Mejor callados...
Agentes de la Policía Local con mascarillas. Córdoba
Agentes de la Policía Local con mascarillas. /Foto: LVC

Cuando  en esta semana se ha convertido en obligatorio y sancionable,en Andalucía, el uso de mascarilla, me ha venido a la memoria una frase apócrifa, atribuida a un Francisco Franco resucitado o desde el más allá, mirando con tristeza a su pueblo: “No se os puede dejar solos”. No vean en ello una asociación mental netamente política, porque no es así, si bien Franco, gracias a los socialistas, sigue más vivo que nunca. En realidad el sentido paternal de la misma es el que produce esta ligazón de ideas. ‘No se os puede dejar solos’, además, es un excepcional documental rodado entre 1979 y 1981, por dos hermanos chilenos, que retrata de una manera magistral los primeros años de la Transición, las dos Españas aún sin reconciliar o en generoso proceso hacia la superación de heridas. Dejaré más adelante el enlace por si quieren echarle una ojeada. El documental ofrece aspectos históricos en contraste: por un lado desmitifica lo que de excepcionalmente impecable se nos ha explicado de ese periodo de la historia reciente, pero a la vez no escatima en testimonios en los que la generosidad es la protagonista de un pueblo que abraza la democracia más allá del rencor y las cuentas pendientes. El reportaje, realizado casi en su totalidad en las calles de diferentes ciudades y pueblos con aquellos españoles aportando su testimonio, ha dejado a modo de retrato periodístico, y para su análisis, claves que nos ayudan a entender muchos de nuestros males actuales, acrecentados en los últimos 20 años en los que se ha polarizado ideológicamente la población, se han reabierto heridas que creíamos superadas y los nacionalismos han contribuido además a echar más leña a un fuego de difícil extinción.

Pero como digo, el peso de esa frase, la que lamenta nuestro libre albedrío, es la que me hace hoy reflexionar sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos libres y adultos, crecidos en democracia y en principio, sin un caudillo que nos ampare y dirija. Que la Junta haya tenido que optar por la sanción, por el castigo y por el uso obligatorio de la mascarilla dice mucho de la administración pública y de nosotros, por supuesto.

Sobre este punto hice un comentario en Facebook en relación al carácter liberal del actual gobierno andaluz y la medida adoptada: me sorprende, permítanme que lo piense así, lo fácil que resulta que la administración adopte el papel de tutor punitivo, deposite casi toda la responsabilidad de los contagios en sus administrados y además nos castigue por ello. Me resultaron llamativos, a la misma vez, los comentarios recibidos a esa reflexión. Muchos de los contactos que considero más liberales aplaudían la medida. En algunos casos la justificaban. “Necesitamos mano dura”, venían a decir. Sospecho que si ello hubiera sido adoptado por un gobierno socialista, igual no hubiera existido la justificación, lo que me lleva a pensar que no solo no se tiene mucha idea del ejercicio liberal de la democracia sino que, como comentaba antes, ya solo interpretamos la realidad de manera polarizada y en función de la camiseta del equipo que vestimos. Y sobre todo preocupa la facilidad que tenemos, o se tiene, para renunciar a las libertades personales que nacen de la responsabilidad propia que como adultos y contribuyentes nos corresponden. En un interesante artículo titulado ‘Lo libre y lo seguro’, Antonio Escohotado reflexiona lo siguiente: “Hoy vemos que los ciudadanos aceptan sin la menor protesta ser tratados como seres irracionales que necesitan una tutela ubicua del Estado (…) Dicha institución perpetúa las viejas pautas de dominio con simples cambios de fachada: se otorgan a un estamento médico-policial las facultades del viejo estamento eclesiástico, a la propaganda las del legislativo y al deporte las de la cultura.(…) Curiosamente, los disconformes con esas modificaciones en la forma se han venido denominando neoconservadores, y progresistas los conformes con ellas”. Ya pueden incluirme en el bando neoconservador, por supuesto.

Pueden pensar, claro, que sucesos como el vivido también esta semana con la tristemente famosa fiesta de fin de curso rematada en una discoteca y las consecuencias que ello ha producido es un ejemplo claro para que abandone mi posición y dé la razón a los que piden ser controlados. En realidad me reafirma en mi posicionamiento, porque el hecho de que se haya ejercido una escasa responsabilidad con la celebración de tal evento no invalida el derecho de llevarla a cabo. Si algo ha fallado ha sido precisamente la confianza que se ha puesto en las medidas que la administración, esa que ahora sanciona por las mascarillas, ha llevado a cabo en un ejercicio de soplar y sorber, de aforos para una cosa y para otras no, de reactivar la actividad económica y social pero sin unas líneas claras. Y sobre todo, es el efecto producido  en una población a la que se le ha negado sistemáticamente la verdad, o camuflado con cifras contradictorias y engorrosas, con formalismos y comparecencias huecas, y principalmente, con la tragedia oculta de los muchos españoles que se han quedado por el camino. La pandemia no es mortal porque nos han escondido a los muertos y a las familias rotas. Y nos hemo dejado cómodamente escatimar esa realidad y hemos aplaudido y hemos vigilado al vecino haciéndole el trabajo sucio a los que ahora nos riñen.  No me vale que digan que si una administración ha hecho y un Gobierno no. En realidad todos forman parte del Estado, sea este autonómico o nacional, de derechas, centro o izquierdas. Y mientras estemos pendientes de los rebrotes y de los insolidariamente desenmascarados, no nos detendremos en pensar que formamos parte de ese paternalista ‘No se os puede dejar solos’ y que al final es precisamente solos como nos dejan. Tan solos como los muertos que no hemos visto ni tan siquiera en su funeral New Age.  

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