Bendodo y la gilipollez


Elías Bendodo / Foto: LVC

Ocurría esta semana en el Parlamento de Andalucía, cuando en una rueda de prensa al popular Elías Bendodo, Consejero de Presidencia y portavoz del gobierno andaluz, se le preguntaba sobre la propuesta de Catalunya en Comú Podem para retirar las estatuas de Cristóbal Colón por ‘genocida’. La periodista le recordó que además en Huelva hay un parque y una estatua dedicada a la figura del genovés. “Me parece una auténtica gilipollez”, contestó Bendodo, con ese acento nativo y malagueño pero ya institucional. Al señor Bendodo le pareció oportuno ilustrar su expeditiva opinión anteponiendo las urgencias humanas que la crisis vírica nos ha traído. Después lo tuiteó, como pidiendo perdón, pero en realidad recreándose en la suerte. “No he sido políticamente correcto” añadía Bendodo. Gracias, no obstante, por salirse del guión, don Elías. Por cierto que la periodista demostró un desconocimiento no menor: ha sido otro periodista cordobés, y mejor persona, como es Carlos García, quien recordaba en la red social Facebook que la estatua onubense aludida en realidad se llama ‘Monumento a la fe descubridora’, que fue donado por EEUU en 1929 y que la autora, fíjense, fue una mujer: la artista Gertrude Vandelbirt.

Elías Bendodo / Foto: LVC

Esta misma tarde, en Córdoba, hay convocadas dos manifestaciones. Una por la defensa de la sanidad pública – de esas que escasamente vimos durante los gobiernos socialistas cuando se externalizaron tantos servicios en los hospitales y se pagaban sueldos ridículos a muchos profesionales- y la otra por la memoria del señor negro norteamericano que murió en Norteamérica a manos de un policía (blanco) norteamericano. No fue en Santa Rosa, ni en Ciudad Jardín, sino un poco más lejos. Pero ya se sabe que la aldea global acerca sentimientos, sensibilidades, emociones y revoluciones.

Tanto la fiebre del repentino damnatio memoriae a ‘genocidas’ de la talla de Colón o Churchill como las protestas contra el racismo norteamericano tienen la misma raíz que denunciaba el señor Bendodo: la gilipollez. Pero es ésta una gilipollez peligrosa por cuanto se extiende como una tóxica macha de aceite y amparada por un numeroso grupo de idiotas manejados por un selecto club de revolucionarios de salón. Con esto no quiero calificar de idiotas a los manifestantes cordobeses de esta tarde, faltaría más, ya que me parece estupendo que con los preceptivos permisos y ahora con la medidas profilácticas pertinentes – y una vez terminado el estado sanchista de alarma- la ciudadanía se manifieste por lo que considere justo y necesario hacerlo. Incluso si son de Hazte Oir, a los que, sospecho, muchos de los preocupados por el señor negro fallecido tratarían de impedir no sólo una supuesta manifestación sino hasta la propia existencia, algo que ya, en parte, se ha conseguido recientemente retirándole la condición de asociación de utilidad pública ‘por incitar al odio’. Hazte Oir: gente conservadora muy peligrosa, como pueden suponer.

Asistimos a tiempos complicados por cuanto la idiocia está ganando terreno a la cultura y la razón. Y al respeto y la tolerancia, porque aquellos que dicen luchar contra el racismo o los supuestos delitos de odio en realidad lo hacen desde un odio alimentado por una ignorancia de la que además hacen bandera y convierten en derecho. Podemos pensar, personal y libremente, que Colón fue un genocida, pero eso no nos da derecho a reescribir la Historia ni asaltar lo que la memoria de siglos y generaciones han convenido como hitos (porque lo fueron) y parte  de una época que ha permitido, entre otras cosas, llegar a la actual tal y como la conocemos.  No es nuevo el fenómeno ni su respuesta formal, la gilipollez. Les recomiendo un libro recientemente publicado cuyo autor es el chileno Axel Kaiser. Kaiser es un intelectual, pero de verdad, no como Pilar Bardem o Monedero. Un tipo que se ha leído a Marx de arriba abajo y metido en la cabeza y que le convierte en imbatible frente a un comunista en un debate. Un libre pensador. Un liberal. Kaiser, como digo, ha escrito un interesantísimo ensayo titulado ‘La neoinquisición. Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI’ (Deusto) que les invito a que lean. Recientemente el pensador chileno escribía un artículo en el Diario Financiero de su país en el que decía, entre otras cosas, esta: “ Se trata (…) de un fenómeno que no acepta el diálogo racional como la fórmula para aproximarse a la verdad, porque abraza dogmas de fe cuyo cuestionamiento está prohibido. El origen intelectual de este impulso purgatorio se encuentra en académicos de izquierda cuya visión es que occidente sería una civilización opresiva creada en beneficio del hombre blanco heterosexual para marginar a todos los demás grupos. Estas ideas, repetidas por décadas desde las facultades de humanidades, han logrado alcanzar un punto de inflexión en que han transformado nuestra cultura, desde una basada en la dignidad del individuo, a una fundada en el victimismo tribal”.

Victimismo, en efecto. Victimismo impostado, importado y revestido de derecho incuestionable. Del que por cierto no escapa ni el orgullo gay (ni sus subvenciones) ni toda la parafernalia multicolor que esta semana también denunciaba VOX en el Ayuntamiento cordobés, con un razonamiento similar al de Bendodo: la prioridad son las familias necesitadas. Y estas no atienden a orientaciones sexuales sino a fatigas reales. El hambre no tiene género.

Kaiser señala a las universidades  como originadoras de esta enfermedad intelectual y lleva razón. En España hay que añadir a este argumento todos los planes de enseñanza que en la democracia han sido. En varios momentos incluso promulgados por el partido del señor Bendodo. Gran parte de la gilipollez que el consejero denuncia tiene un origen en una España más centrada en los pelotazos urbanísticos, la vida fácil, los deseos como derechos y el consumo febril que en la salud cultural de sus jóvenes; en formaciones políticas que no solo abandonaron su cuerpo doctrinal – y no digamos ya el intelectual- a la hora de gobernar sino que además esperan siempre el aprobado de la izquierda. En una izquierda radicalizada porque perdió los argumentos cuando la clase trabajadora comenzó a vivir bien y a socialdemocratizarse.

Así hemos llegado a ruedas de prensa como las del señor Bendodo, donde la gilipollez no es sino un pequeño síntoma de la aburguesada, estúpida, ignorante y ufana sociedad de la idiocia que entre todos hemos permitido.

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