Diario de una prórroga. La crisálida.

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Crisálida casi desconfinada.

Hace ya mil años del confinamiento. Éramos más jóvenes el 13 de marzo y ahora no solo hemos envejecido sino que nos hemos acartonado. El carácter se ha agriado por lo que no sé si salimos más fuertes (¿hemos salido?) pero sí más encabronados. También más pobres. En euros y libertad. Obedientes, eso sí. Con la camiseta de nuestro equipo porque la liga de la bilis, esa, esa no se ha detenido.

Comenzó este diario como un observatorio interior, tal que un mirador curioso de terraza y aplausos, un cuaderno de bitácora de la ruta de la incertidumbre y la soledad de la mediana edad y los naufragios. Ahora ha derivado en la sexta prórroga del Estado de Alarma, que en realidad no es un estado nuevo ni excepcional, porque España casi siempre ha vivido entre la alarma del esquilme, la demagogia, las puertas giratorias, los nacionalistas, los usurpadores, los árbitros y el penalti de Djukic. Lo que pasa es que antes del 13 de marzo y justo después del bolso de Soraya en el Congreso toda esa alarma se ha generalizado e incrustado, corregida formalmente y apoyada por Bildu entre otros, en el espíritu de Iniesta y Miguel Induráin que alguna vez nos elevó. Y además nos han colocado una máscara, que no es una medida profiláctica sino la extensión metafórica del Gobierno actual.

Nuestra nueva vida se articula y mide por fases y desfases. Algunos hemos sobrevivido y otros no, pero no sabemos exactamente cuantos y además la cifra real no preocupa a la gente que sigue aplaudiendo a las ocho de la tarde -ahora vestidos de corredores de maratón- el pan y el circo y el Sálvame y la ayudita y a su líder y a su otro líder y el antifascismo y a Marlaska. Porque sí: al ministro se le aplaude porque así se celebra a la contra la otra mitad de desafectos que el estado de alarma ha generado.

Si uno sale a la calle parece que nada de esto ocurre o que nunca ha pasado. La nueva normalidad se parece formalmente a la anterior, pero solo es un espejismo del virus que ya se ha incrustado y extiende por todo el sistema. No es un virus chino. Es el de la idiocia dirigida que tan buenos resultados ha venido dando en los diferentes planes de enseñanza que en la España moderna han sido.

Miro los titulares y aquí se vuelve a fomentar el turismo y la ciudad patrimonial como hace mil años, justo antes del 14 de marzo. No es una medida económica, sino nostalgia. Nostalgia de unos tiempos sin distanciamientos ni Sanytol. Yo no tengo ganas de hacer turismo, lo siento. Ni de fomentar, de momento, la hostelería salvo la de los amigos de antes y de siempre. Estoy fuera del escudo social porque soy cayetano. Algo recogido y callado. Se me ha caído parte de la piel y mi dermatólogo me ha dicho que es algo absolutamente normal en confinamiento.

Estoy mudando. A mi edad.

Este diario, que dejó de serlo, deja de serlo. No hay humano que soporte una sexta prórroga ni Ciudadanos que la apoye. La próxima vez que aparezca por aquí será de otra manera, con otro tono, probablemente, y desconozco si desprorrogado, porque los caminos de Sánchez y sus votantes son inescrutables.

Voy a ver si se consuma la transformación.

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