Diario de un confinamiento: Día 43. Mascarillas.


En el par de veces que he salido esta semana a hacer la compra he observado cómo los seres humanos cordobeses comenzamos a relacionarnos con la mascarilla. Todo apunta a que será una relación larga y que va a formar parte de nuestra indumentaria cotidiana. También parece que en España volverá el estraperlo habida cuenta de que nuestro diligente bigobierno ha decidido dictar precios máximos para tal pieza profiláctica, lo cual propiciará el mercado negro de mascarillas, que ya es triste que en el siglo XXI el objeto del mercado negro no sea un paquete de rubio americano o un par de botellas de coñac 103.

Lo que demuestra que los que nos precedieron, a pesar de las estrecheces, sabían disfrutar un poco más de la vida. Para lo que hemos quedado: del ‘lo tengo rubio, lo tengo negro’ al ‘Son ffp2 de algodón hipoalergénico y baratitas’. La decadencia.  

El caso es que además del daño que ha ocasionado la Logse en la población en general y en una cada vez mayor parte de la clase política, nos falta educación en  el uso de mascarillas, materia que no se contemplaba en Educación para la Ciudadanía porque el diseño curricular de la asignatura no contemplaba ni pandemias  ni la muerte en general, ya que nos han dotado de todos los derechos y como sabemos, la muerte es una injusticia social que no entra en los planes de estudios.

Y así he presenciado diversos usos y maneras de las mascarillas, esas que hace poco eran oficialmente tan innecesarias como alarmistas. Tenemos la mascarilla de fumador o fumadora: suele ir colgada a la altura de la papada para facilitar el uso del cigarrillo. O en la frente, zona que también coincide con la mascarilla Samsung y así se puede hablar con la Pepi por el móvil. He encontrado la mascarilla subnasal, que solo tapa la boca entre otras cosas para poder estornudar mejor. En efecto, una mascarilla llena de moquitos no es muy agradable pero no deberíamos olvidar el pequeño detalle de que esas secreciones pueden contagiar a la señora que nos precede en la cola de la caja del supermercado.

He visto también cómo podemos apostar por el diálogo y el encuentro comunicativo de los humanos en el modelo ‘Conversaciones’, esto es, me bajo la mascarilla para hablar y me la subo cuando he acabado de decir “y mi marido saca al perro tres veces al día”. Produce una reacción mimética en el interlocutor que suele realizar el mismo gesto para facilitar el diálogo entre culturas vecinales.

Después podemos comprobar cómo la imaginación no está reñida con la profilaxis: bufandas de lana, fulards  fucsias modelo 8M y hasta servilletas de papel. En una mañana, o mejor dicho, en unos minutos de una mañana, he podido ver cómo, si la pandemia no acaba con nosotros, puede que las mascarillas sí: tenía delante de mí a un señor que la llevaba tan apretada que los ojos iban por delante de su panorámica como dos centímetros de las cuencas.

En fin, nadie nos adiestró. Porque como el aflautado Simón dijo, como mucho una o dos personas se contagiarían en España. Y nos hemos confiado, claro.

 Y confinado.

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