Diario de un confinamiento: Día 37. Todo es una risa.


Cómo ponerse una escafandra.

El ministro astronauta ha estado en la tele explicándonos a los españoles cómo se debe colocar una mascarilla. Debe ser una mascarilla buena y no china o de Taiwan, pero igual no. Lo digo por la dificultad que el ministro espacial ha mostrado a la hora de explicarlo. La perrita Laika seguro que se la hubiera colocado a la primera, con lo cual colegimos que una perra cosmonauta hubiera dado mejor de ministra que nuestro astronauta ducal. Pilotar un cohete es una cosa y el tutorial  de la máscara es algo solo al alcance de un youtuber, no de cualquier ministro. Todo ha sido con mucho humor y muchas risas y mucha torpeza impostada o real. Naturalidad. Pedro Duque es natural en sí mismo, como la ministra de Trabajo explicando los ERTES y toda risueña. Se ríen mucho. La gente los aplaude cada día a las ocho y ellos se crecen en su oficial y ministerial “Historias del Confinamiento y la Pandemia Que Gestionamos” Puro humor. Un gala de gente perita.

No sé si antes o después el ministro astronauta ha estado departiendo – guardando distancia reglada- con el premio Nobel Simón sobre moquitos, estornudos y malestares propios del coronavirus. La hora chanante. Desconozco el orden de la gala, si lo de la mascarilla fue antes o la gallina después, porque he visto el vídeo ya editado e igual me he tragado un bulo, vaya usted a saber. Pero juraría que eran esos dos tipos haciendo chistecillos y gracietas y chanzas sobre el virus chino y cómo protegerse. Hubiéramos agradecido más un tutorial sobre cómo protegernos de ellos, de su humor de mierda, de su poca vergüenza, de su idiocia, de su maldad, su incompetencia, su indignidad. Sí, he escrito esto último yo solito y del tirón. Puedo seguir, pero me reservo para próximas ediciones.

Se ríen mucho. Tienen todos los tests  y mascarillas al alcance si los necesitan. Disponen de la privada clínica Ruber. Y una paga vitalicia por su servicio a España cuando muchos no lleguen ni a una mísera pensión. Por eso se ríen. Por eso se lo pasan tan bien delante de nuestras narices. Y porque la gente les aplaude todos los días a las ocho, en vez de guardar un minuto de silencio por lo más de 20.000 españoles que ya no ríen ni respiran. Ni por los que caerán.

Desconozco si algún día se les pasará factura por su gran sentido del humor. No sé, porque, de momento, parece que hay una gran parte de España que está más pendiente de cuando se abren los bares o las playas que de pedir justicia. En España, a pesar de la tragedia, parece que todo es una risa.  

Por cierto: esta noche descansaré y no escribiré en el diario. Y es que el descanso puntual de toda esta peste es algo serio. 

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