Diario de un confinamiento: Día 35. Las vitaminas.


 

Cada día escribo esto antes porque lo único que me apetece es estar pronto en la cama leyendo algo y planchando la oreja. Casi nunca lo consigo, aunque ahora mismo tecleo en el momento del recreo balconil y la peña aplaudiendo. La España que aplaude a los sanitarios también los intenta echar de sus viviendas, de que no se acerquen a sus bloques, a sus rellanos de VPO, a sus vidas encerradas. Se ha reproducido por todo el país escenas de un racismo que es nuevo, que es el racismo al blanco peninsular e ibérico porque también es blanco sanitario. Saldremos juntos y tal. El pueblo hace suyas las consignas de un Gobierno que desgobierna a golpe de eslógan para esconder sus vergüenzas y nuestros muertos. Ha iniciado también este Gobierno, con el CIS en la mano que es la nueva Constitución, la campaña definitiva para la mordaza y la libertad de expresión. Y la anestesia para más aplausos desde el balcón: la renta mínima, el subsidio generalizado, el maná tranquilizador. A ver qué sector privado queda para producir fiscalmente tales ayudas, porque nos va a quedar un sector privado muy mono a partir de julio o de septiembre o de enero del próximo año, cuando quiera Dios que acabe esto y empiece nuestra Venezuela hispana persiguiendo periodistas, ilegalizando a parte de la oposición – a la verdadera, no a la leal-  y con comparecencias de Sánchez cada semana en una onanista RTVE y resto de cadenas amigas.

He ido hoy a comprar vitaminas. Del grupo B. Con algunos minerales. Estoy amarillo, luzco pajizo y apagado. No me da el sol y solo tengo roce con los tensioactivos de los detergentes. Se me ha trastocado el sueño y el hambre y el ánimo y el humor. Supongo que son los efectos de tantos días encerrado y viendo como se derrumba no solo un paradigma ( loada sea nuestra ministra de trabajo) sino un país que está en un precipicio y con cada vez menos mayores y decencia.

Las vitaminas en realidad son para poder salir corriendo primero, y a nado después, a cualquier lugar donde la idiocia no gobierne retroalimentada por sus administrados. Como en España.

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