Diario de un confinamiento: Día 34. La lluvia y los niños con jardín.


Lluvia. / Foto : Fuen Cuevas

 

La lluvia apareció anoche y ha caído intermitentemente a lo largo de este trigésimo tercer día de confinamiento para mí y para muchos. Las redes se han llenado de fotos espontáneas de la lluvia, de ventanas imposibles con gotas espectrales, de húmedas vistas a un vecindario de protección oficial, de cielos grises difuminados como el propio ánimo. La gente aprovecha la lluvia que, como la primavera, le indica que la vida sigue ahí fuera. Y la muerte también aunque no nos la quieran enseñar. Pero estamos en la semana de resurrección, en la pascua que no ha llegado florida sino mojada, y el agua es vida como la resurrección y el olor a azahar. Llueve sobre los naranjos y el agua hace de reactivo para un perfume que es mapa, territorio, hogar. Ay que ver cómo llueve, exclama una abuela como solo las abuelas hablan de una lluvia que parece que no han visto caer nunca. Toda la noche cayendo y no ha parado, ahora parece que sale un poco el sol… esas frases de siempre, que convierten a la lluvia en un fenómeno excepcional, aunque en el sur lo es como excepcional es una campiña fría y gris.

En el Congreso han estado a cubierto de la lluvia y creo que se han dicho cosas. Cosas que ya no me interesan ni escucho ni busco ni analizo. Pero lo mismo que las redes se han llenado de lluviosas instantáneas digitales, también se han hecho eco de Pablo Iglesias, que ha manifestado y corroborado la suerte que tienen sus niños con un jardín y una casa grande. Ha tenido, no obstante, un detalle de clase obrera, de gente común, para aquellos que no pueden disfrutar de tal ventaja. Pablo Iglesias es un comunista casi millonario, como tantos comunistas millonarios, bien comidos y pagados, pero con conciencia de clase. Quizá ha recordado con nostalgia roja las ventanas de su piso de Vallecas, de cuando la gente, los puños en alto y las denuncias a la casta, esa casta que ahora tiene niños con jardín. Agradezcamos pues el recuerdo que para nosotros, los niños de los aplausos de las ocho y el voto obediente ha tenido nuestro hombre, el muchacho de barrio obrero con niños burgueses entre petunias, rosales, buganvillas y césped cortado por asistente.

Nunca llueve a gusto de todos y nunca de la misma forma para unos y otros. La lluvia es neoliberal. Los niños de Iglesias hoy se han mojado en su jardín a modo de sacrificio por tantos y tantos que han visto la lluvia desde una ventana por la que se divisa el padre que se marcha para no volver, el ERTE asomando como una tromba, el futuro incierto lleno de muchos ausentes ya, demasiados,  que ni tan siquiera han podido contar con una rosa mojada sobre la madera de su despedida.

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