Diario de un confinamiento: Día 31. Resucitar.


 

Salgo en este domingo a tomarme el café a la terraza. “Resucitó, resucitó, aleluya”. Son voces de mujeres que cantan. Los vecinos se asoman por las ventanas para tratar de identificar de dónde provienen las voces. “La muerte…¿Dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria?” Algunos tienen cara de secular extrañeza, porque todo lo que no sea el ‘Resistiré’ les rompe su lógica doméstica.

“Alegría, alegría hermanos, que si hoy nos queremos, es porque resucitó” No conozco a mis vecinos, está claro. Me doy cuenta de la prisa, de los saludos escasos y parcos, saludos de compromiso, de la vida cotidiana de antes. “Resucitó, resucitó, aleluya” Y resulta que un grupo de mujeres, casi de la planta baja, han salido a su terraza a cantar. Rompen el silencio de la mañana  de un domingo detenido.

“Si con Él morimos, con Él vivimos. Por Él cantamos aleluya” Es Domingo de Resurrección. En un barrio colocado en una fotografía y quieto, en un país encerrado. Ellas cantan. No lo hacen a la hora oficial de la solidaridad y la pequeña fiesta programada de la tarde. Ellas cantan para que no olvidemos, para devolvernos al verdadero sentido de la vida anterior y de la que está por venir.

“Resucitó, resucitó, aleluya…” Las señoras terminan de cantar y algunos aplausos suenan con timidez, como con el sentimiento culpable de no haberlo hecho ellos, o no haberlo recordado, o no haber sabido seguir la canción. Mi café también se acaba y vuelvo a la habitación.

Recibo una llamada de desilusión más que de esperanza pascual. Hay corazones llenos de rencor, de odio, que no sólo no olvidan, sino que buscan venganza y usan la mentira y la manipulación. En sus redes sociales meditan, aconsejan, apelan a Dios incluso. Presumen de alegría y optimismo, pero están rotos y quieren cobrarse su factura en un domingo de abril o en un jueves de septiembre. Son los corazones que no resucitan porque les pasa como a la mayoría de los vecinos callados, que juzgan sin mirar su propia salita comedor. Pero esa es otra historia que igual algún día cuento.

Hoy hay que saber que, a pesar de los errores, los miedos y la soledad, nada es definitivo. Ni la muerte.

Sólo el rencor, para el que no existe la luz de la resurrección.

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