Diario de un confinamiento. Día 25. El barrio.

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Vivo en un barrio de gente humilde, de pisos pequeños y ropa en los tendederos. Puntualmente, a las 8, salen a aplaudir, tocan algunas bocinas, cantan ‘Soy cordobés’ y durante un rato el fondo norte saluda al fondo sur. Después durante el día, y sobre todo desde hace una semana, el barrio, el trozo de barrio que veo desde mi terraza, permanece en silencio. Los autobuses siguen pasando, vacíos en muchas ocasiones. Las limpiadoras, a veces sin mascarilla e incluso sin guantes, se afanan en los portales después de haber dejado cada rellano libre de amenazas. Se ha roto el horario establecido para sacar la basura y cada uno lo hace cuando puede o le apetece, o sencillamente, cuando se viste de valor porque las aceras, y el aire y otro vecino con bolsas se han convertido en incertidumbre y temor.

Esta gente está siendo disciplinada, obediente y hasta comedida. Quizá siempre lo han sido, porque es esa gente que tiene una vida sin excesos, sin demasiados sueños, con el tirón del día a día que mucho es. Hay miles de barrios así. Con muchos vecinos de la misma condición. Humildes, callados, votantes de lo que le pidan, sin más horizonte que poder ir al supermercado cada semana, unos días de playa en verano, unas horas de gimnasio cada  martes y jueves en las instalaciones municipales.

Permanecen ajenos al ruido político. Porque el virus ha avivado el estrepitoso  sonido de los voceros, los fieles, los incondicionales, los disidentes, los paniaguados, los críticos, los contrarios, los a favor, los altavoces, las bilis, los mentirosos, los afiliados y los de siempre. Ese ruido parece que por mi barrio no pasa cuando me asomo a la terraza. Solo vislumbro vidas sencillas, niños asomados, alguna gimnasta de azotea, o un fumador castigado.

Supongo que por eso el Gobierno ha prohibido las imágenes de los féretros, de los desgarros, de los fallecidos, de los sobrepasados y los funerarios. Para no alterar el dulce confín que por nuestro bien nos han impuesto. Por el de ellos. La gente sencilla que no debe saber porque solo han de votar, como mucho. En mi barrio hay tantos números o estadísticas como españoles de cuerpo presente. Son eso: cifras, porcentajes, caracteres digitales. En la vida y en la muerte el trato es el mismo: estadístico.

Supongo que estas gentes sencillas son ajenos a los derechos robados más allá de la situación. Igual no les importa mucho que se los devuelvan porque si tienen para el supermercado y alguna escapada a la playa la vida, en realidad, tiene sentido.

Los que mandan lo saben. Porque conocen a mis vecinos, a mi barrio. A los barrios muchos que llenan España. Una España que se desangra mientras transcurre la vida sencilla y ajena a esa herida.

Saldrán a aplaudir, obedientemente, mañana.

 

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