Diario de un confinamiento: Día 23. El amor.

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Yo he estado con Aute.

Cuando el sábado parecía ser prometedor, por cuanto los enfermos cercanos se recuperan, entonces va Rafa Ruiz, mi querido Rafa Ruiz de ABC Córdoba, y le pone el titular a la jornada : “Otro día de mierda”. En efecto. Si se muere Luis Eduardo Aute el día se debe titular así. El año 2020 todo merece ese título. Se lo ha ganado.

Muchas son las glosas, los obituarios que Aute ha recibido en estas últimas horas. Esta página de hoy del diario no pretende serlo. No llegaría con toda seguridad a la altura de muchas de ellas ni es la intención.

Solo soy uno de los muchos jóvenes que en España adornó su primer beso con sus canciones, con sus poemas musicados. Que creyó que otro mundo era posible con la revolución para descubrir, más pronto que tarde, que la única revolución válida solo tiene dos caminos: la libertad y el amor. Aute le cantó al amor. Siempre. Al carnal y al místico. Al amor libre y al libertario. Al amor fiel y al poliédrico. Al amor a la mujer, que es universo, principio y fin, en el planeta creativo de Aute.  La muerte fue otro de los motivos recurrentes en su obra, quizá más en la pictórica y en la cinematográfica. Porque Luis Eduardo Aute no era solo un cantautor. Era, fue y es un creador honesto, que con sus limitaciones (en acordes, en voz) supo ofrecer una obra enorme y sincera, con momentos de absoluta belleza, con caminos a veces recorridos en vanguardia y en otros acomodados por la propia industria a la que, aburguesadamente, también pertenecía a pesar de su pose de dandy libertario.

Uno de los regalos que la vida me ha dado ha sido poder compartir con él copas de vino y charla en la taberna de la Fuenseca, en una de las varias veces que a Córdoba lo trajo su amigo y camarada Ricardo González. Era un Aute distinto al que yo conocí, entre vinilos y cintas de cassette, en la juventud del instituto y las primeras promesas. Supongo que sería el mismo pero estaba más mayor y yo también. El último concierto al que acudí fue cuando presentó en el Gran Teatro ‘El niño que miraba el mar”, con animaciones creadas por él mismo y con una colección de canciones eternas, inolvidables, de viejos éxitos que no lo son porque ya forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Ese día supe que mi amor por la mujer que me acompañaba estaba condenado al fracaso, porque no le gustaba Aute, no lo conocía y lo que era peor: no lo reconocía en sus versos. Y así fue. No hay amor sin música y menos si no te estremece alguna canción de Aute. Me dejó por un bombero. Era de esperar. Yo me quedé dolorido con Aute, como me he quedado tantas veces. Con sus canciones que me hacen creer que algún día, como el adolescente que fui, el amor verdadero y eterno me llegará.  

Produce tristeza que el poeta, el músico, el pintor, se haya marchado en medio de esta situación que es lo más alejado del lirismo y del amor que uno pueda imaginar. Que no puedan acompañarlo sus familiares, sus muchos amigos, sus numerosísimos admiradores. “Sólo morir permanece como la más inmutable razón…” cantaba Aute hace muchos ya, De paso estamos y él también lo reflejó en uno de sus más celebrados éxitos.  Pero ese tránsito breve que es la vida, para el artista se ha convertido en el camino hacia la eternidad, esa eternidad que en Luis Eduardo Aute era el misterio de una mujer, la humedad de las estrellas, la noche, la pintura de Julio Romero, los acordes mayores, lo menores, y el Amor. Con mayúscula.

No hay otro.

 

 

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