Diario de un confinamiento: Día 13. Solís.

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Hace años que dejé mi vida en manos de Dios. Sí, los rockeros también podemos optar por la Bendita Providencia y no por ello perdemos el ritmo. Ni la actitud, que diría Loquillo. Me cansé de pelear contra todo y todos, y acepté. Acepté lo bueno y lo malo, lo que entendía y lo que no. Comprendí y asumí que soy pequeño y que no puedo con muchas cosas y que, en cualquier caso, esos muchos asuntos en realidad son parte de la misión que, dentro de este regalo que siempre es la vida, me toca cumplir.

Así que yo me levanto por las mañanas y doy gracias por poderme levantar, de momento. Y a partir de ahí hablo con el Jefe y que sea lo que Él quiera, lo cual no significa que me quede esperando una señal mágica ni una voz sobrenatural y estridente, sino lo que me dicta el corazón, que es el portero automático donde reside el Jefe, en cada latido y en cada afán. A veces me equivoco – en realidad, muchas veces- y en vez de escuchar al corazón toma el mando “la loca de la casa” (Santa Teresa la identificó) y claro, no escucho.

Hoy era unos de esos días que a pesar del talante optimista que en periodo de confinamiento me he impuesto – sobre todo por gratitud, porque estoy encerrado como muchos pero cerca de mucha gente que me quiere, puedo poner un plato de comida en la mesa y tengo libros-  pues estaba a punto de desfallecer, lo que quiere decir abandonarme y pasar de todo. Y apareció Solís. José Rafael Solís Tapia. Me lo encontré en un tuit que compartió José Juan Jiménez Güeto, párroco de la Trinidad y amigo. Y un cura que no duerme desde que empezó todo esto porque está al frente de dos residencias de mayores que son los que, lamentablemente, más están pagando las consecuencias de esta epidemia. La del virus y la del egoísmo más cruel, por cuanto muchos en algunos rincones de la España negra, han sido abandonados y dejados en su lecho de muerte.

Hacía años que no sabía nada de Solís (Pepe, como le llaman también) y fue ese momento del día en que te das cuenta, en efecto, de las curiosas, inesperadas y contundentes formas que el Jefe tiene de hablarte. Mi relación con Solís – permítanme que lo siga llamado así- viene desde la infancia, en la Plaza de los Caballos, donde vivían mis padres. Solís y Mami -Ani, en realidad, pero yo la renombré con mi media lengua de dos años- eran vecinos y fueron amigos. Solís tiene una de las historias personales más fascinantes que un hombre que ha pasado los 90 con creces puede contar. Vio llegar la II República en el cole, con pantalón corto (“entró el maestro y nos dijo : señores, se ha instaurado la República. Y nos mandó ese día a casa”), estudió arte dramático y música, fue clown, artista de variedades en los años 50 y 60, llegó a actuar en el desaparecido Price madrileño, tocaba el saxofón y la batería y recorrió la España de aquella época hasta renunciar a sus sueños artísticos por las obligaciones familiares, que lo llevaron al “Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Medina y Corella”, que fue la Cajasur donde se jubiló. Aún así participó activamente en la Hermandad de la Sagrada Familia poniendo a su servicio sus dotes actorales, con grupos de teatro y espectáculos de guiñoles para los niños que fuimos. Este es un  muy breve resumen ( y muy personal) pero tienen más datos de este gran hombre en la Cordobapedia.

En los años 90 coincidimos en la radio y cada semana nos daba un hermosísimo paseo por la Córdoba que solo la memoria de unos pocos conservan, la ciudad cotidiana, entrañable y modesta que no suele ser recogida por los historiadores. “Buenas tardes o buenos días, Rafael González García”. Los que lo escucharon con este saludo seguro que lo recuerdan. Me reñía porque consideraba que yo decía poco mi nombre. Varios años estuvo haciendo programas inolvidables en una radio ajena todavía a los tiburones y los corsés digitales.  En esa radio tuve la suerte de trabajar media vida, suerte porque en ella estuvo gente como Solís. Optimista, presumido, elegante, enérgico, cómico, humilde. A pesar de la España que le tocó vivir, de las renuncias, de las estrecheces y los sacrificios.

Hoy, y estoy seguro que no ha sido casualidad, me lo encuentro en una red social. Solís tiene 99 años pero voy a hacer como que no conozco este dato porque siempre ha sido coqueto y lo de la edad lo lleva regular. Está en las mejores manos, a pesar de que Ani ya no se encuentra a su lado (aunque sí su hija) y nos ha mandado un mensaje. Es el mensaje del hombre que sí ha luchado contra las circunstancias sin las comodidades del mundo actual. Que conoció una guerra y lo que vino después. Y que sigue en la batalla con la alegría de quien sabe que a pesar de la tribulación, la incertidumbre, el dolor y las ausencias, la vida es un regalo.

Comencé hablando de la Providencia. La que nos pone en el camino a todas y cada una de las personas que conocemos en nuestra vida, entre otras cosas. Y le doy las gracias porque me encontré a Solís siendo un niño, lo reencontré como adulto, y hoy me lo vuelve a poner en el sendero de un día difícil para recordarme, recordarnos, que no estamos solos.  

 

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