Diario de un confinamiento: Día 9. El silencio.

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Angerona nos acalla.

 

Anoche me despertó el silencio. Salí a la terraza a recibirlo porque el silencio es siempre la antesala del verbo, de la palabra.

“No sé con qué decirlo,

porque aún no está hecha

mi palabra”

Juan Ramón Jiménez conocía la medida del silencio como la mayoría de los poetas miran apesadumbrados o esperanzados al zaguán misterioso y callado de los versos que todavía no han llegado. Y la calle era silencio. El 21 de marzo, dedicado a la poesía, a esa primera hora apareció no sobre los brazos de las musas, sino de Angerona, la diosa del silencio que postra a los hombres en el temor o los saca de la tribulación, que es lo que nos ocurre en estos confinados días cuando un portavoz oficial anuncia desde el atril  holográfico que antes del 8 de marzo fue la gripe.

Los corifeos del Poder, los de siempre, nos ponen su dedo en la boca para que no hablemos. El poder necesita el silencio de los dóciles no para construir versos sino para crear el relato. Estamos en el relato y la guerra no es contra un virus sino contra la narrativa, lo que va de boca en boca, de tuit a tuit, a través del móvil, que son los canales digitales de lo narrado mucho antes, antes incluso de que nos olvidáramos cómo fuimos. La lluvia cayó con pasión durante algunas horas como un novio en la noche de bodas para después desaparecer, como desaparece a veces el amor cuando el silencio se hace presente.

E hicieron de los versos maniobra de distracción porque los nuevos censores, los amantes del silencio chino, son muy cultos. El pueblo quiere memes, quiere risas y chanzas, quiere salir a la calle y dedicarle rimas consonantes a Sánchez y al vicepandemias. Pero los burgueses de la nómina y el gabinete se pusieron impostados – cuando no lo están- y nos castigaron a todos con sus videoselfies engolados de poemas y afectación. Se lo pueden permitir porque volverán a su trabajo, al calor burgués de los vanguardistas de salón, mientras el pueblo, el que aplaude en los balcones, pasará hambre porque el pueblo, como los poetas, siempre es famélico.

A las ocho de la tarde llovía y los aplausos se hicieron los remolones porque aguardaban perezosamente en el brasero, jugando a la brisca o echando un dominó, en la primera tarde de primavera con talante de invierno gris. Pero el pueblo, que además de comer poco es agradecido, acabó rompiendo el silencio que había reinado casi durante todo el poético día. A las nueve de la noche  se volvió a  quebrar la paz tuitera de los corifeos huecos con las cacerolas, las que no sacaron convocadas por el vicepandemias hace unos días. Clamor metálico , para gas o vitrocerámica, contra Sanchez, que tardó en aparecer por televisión para desaparecer en seguida, como un personaje de cine mudo, mientras se dedicaba una oda a sí mismo. Hablaba Sánchez para no decir nada en homenaje al silencio. El mismo que han mantenido desde enero cuando ya sabían que llegaría Angerona, la deidad del miedo y la incertidumbre, sobrevolando las calles y los países. Y ellos firmarían indultos con el Congreso cerrado. Y en silencio.

 

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