Diario de un confinamiento: Día 6. Bunbury.


Bunbury publica nuevo sencillo en plena situación de aislamiento social.

He salido a la terraza y en la azotea de enfrente había una señora con un pijama rosa dando vueltas. Es la imagen del día para mí. Todo tipo de seres haciendo cosas me llegan a  través del móvil, pero esa señora es real. Su pijama rosa también. Yo he comenzado a estar todo la mañana con capucha. Me pongo las sudaderas de mis hijos ya que mis hijos no están. Pero bueno, los divorciados, los solitarios, los autónomos, tenemos el pellejo curtido en estas lides. Nuestros hijos crecen cada quince días y durante algunas horas martes y jueves. Y de repente ya están mayores y sus sudaderas le quedan bien a su padre.

Vestirme con ellas es como estar juntos un fin de semana de los establecidos. Su ropa ha sido la última que he lavado, como prologando un gesto que me dice que la ausencia va a ser más larga de lo habitual. A veces la cambio en el armario, a otros cajones, tal que si fueran a aparecer de un momento a otro y me preguntaran que dónde he puesto sus pantalones o los pijamas. Estiro de nuevo la colcha de sus camas y cuando me ducho siempre compruebo que les quede su champú. Llevo así dos semanas, desde la última vez que estuvieron conmigo: miro el bote y me aseguro que no tengo que ir a comprarle corriendo más, como si pudiera ir corriendo a ningún sitio ni ellos fueran a estar aquí mañana. Porque no estarán.

Nos vemos virtualmente. Mis hijos están en la pantalla del móvil y este es un gesto que ya es habitual mucho antes de que llegara la catástrofe, porque a ésta le precedió la que rompe los corazones y las infancias, los proyectos y los recuerdos en común. Nunca sabe uno si esa catástrofe personal  puede ser de utilidad, pero en estos días en los que veo a señoras dando vueltas en su azotea y chiquillos asomados entre balcones de aluminio y cristal, y aunque  yo camine con la capucha puesta, me noto curtido en lo que han sido ausencias y momentos que no pude vivir y ya no volveré a recuperar.

Hoy ha hablado Felipe VI y la verdad es que no he tenido mucho interés en verlo. El sábado, mientras trataban de secuestrar a España una banda de comunistas, un grupo de nazionalistas  y otro de socialistas improvisaban un estado de alarma desde su habitual incapacidad, salvo para el esquilme y la demagogia, eché de menos al Rey. Jamás pensé que podría tener tal nostalgia o necesidad, porque nunca me supe particularmente monárquico. Parece que los demócratas de siempre, los que dividen para asaltar el cielo de Galapagar, habían convocado una cacerolada para la hora del discurso. Esa gente. Ese odio. Ese rencor perpetuo. Ese veneno que les define y caracteriza. Mi calle no debe ser muy republicana, porque no escuché cazo alguno. Andaba ensimismado, no obstante, en el nuevo vídeo de Bunbury, que saca elepé en junio. Se titula Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti) y sé de lo que habla. Conozco el asunto perfectamente.

Y ha sido un regalo. Lo mejor del día. Lo mejor para esta semana. Cuando escribo esto la he escuchado 34 veces. En efecto: soy obsesivo compulsivo. Mi vecina vestida con su pijama rosa también está haciendo ejercicios para ello. Busca escapar esa mujer . “Sé dónde está la salida: es hacia adentro” canta Bunbury.

Pues sí, ahí dentro está la puerta. Afuera solo crecen las cifras del légamo.

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