Mostrarse

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José Manuel Belmonte es el escultor vivo que en Córdoba tiene más obras en sus calles y uno de los artistas más internacionales que ha parido esta ciudad. Le hicimos hace poco una entrevista aquí. Ahora anda cabreado como una mona, y no por la entrevista, que estuvo bastante correcta. Belmonte se ha enfadado como un primate lúcido porque unos 16 orangutanes se han subido a su homenaje a los patios de San Basilio para hacerse un selfie navideño.

Podríamos dilucidar que encaramarse a los monumentos es otra de las consecuencias fatales que traen las comidas de empresa de esta época del año, y añadimos por tanto una más a la larga lista de despropósitos corporativos navideños, pero en realidad esa foto, a la que Belmonte le está buscando nombres y apellidos y una denuncia en comisaría, traduce parte de la esencia que caracteriza a la humanidad, o a gran parte de ella, en este tramo de siglo: la idiocia.

En la instantánea, compartida en Facebook como no puede ser de otra manera, aparecen chicos y chicas relativamente jóvenes, agrupados en torno a la estatua del regador y subidos sobre ella, encaramados casi en acrobacias imposibles. Es una foto paritaria y posiblemente millenial. Los de la generación X ya no nos subimos a las estatuas, suponiendo que alguna vez lo hiciéramos, salvo sobre la del Gran Capitán en las Tendillas cuando el Córdoba salvaba la temporada, lo que convierte esa gamberrada en un acto de muy de vez en cuando. Hemos caído en otras trampas propias de la idiocia como es la de la vanidad. Puedo asegurar que si coincido con Monica Bellucci en un acto al que jamás seguramente sería invitado, me hago siete selfies y los estoy colgando hasta en el marco de avisos del ascensor Otis de mi bloque. De todas maneras, al tratarse de Monica, podría tener un pase, una explicación. Lo de Belmonte es otro tipo de obra de arte. Bellucci puede mandarme a la Toscana si le pido una foto porque es una obra de arte autónoma y que habla. El regador de bronce no puede defenderse. Tampoco debiera. Su función es un homenaje ornamental, no la de un photocall. Pero esos muchachos y muchachas están felices y quieren mostrar su felicidad al mundo a través de la red y les da igual si para ello tienen que subirse sobre el pararrayos de la torre de la Catedral.

Necesitan mostrarse. Tienen un propósito en la vida. Es su lema de perfil. Les gusta decir que les gusta leer pero no leen. Creen que el Universo se ha conjurado a su favor para comerse el mundo, aunque el mundo los acabe devorando. Apelan a su yo cuántico mientras buscan la postura más sexy, lo que viene  a decir que en realidad es el ego el que los convierte en carne de Tinder, en perfil absurdo de LinkedIn, en gente vulgar que quiere ir de especial.

Belmonte se cabrea no solo porque sea su obra la que sufre la afrenta, sino porque no entiende este mundo a pesar de su joven madurez. En los códigos estéticos del escultor, del artista, no hay sitio para tapar la belleza sino para crearla. Los chicos y chicas de la foto se creen más bellos que la figura de bronce. Pero solo son unos idiotas. Ese tipo de idiotas que para vivir necesitan mostrarse.  

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