Vuelven las aguas agrias


Todavía reflexiono sobre el esfuerzo que a mediados de siglo se hacía para remediar algún achaque.

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Han vuelto a ser noticia las aguas de Villaharta. Con el reconocimiento de la Secretaría General de Industria y Minas de la Junta de Andalucía, estas aguas vuelven a obtener la consideración de mineromedicinales casi un siglo más tarde. En realidad, siempre estuvieron ahí, no dejaron de fluir aunque parecieran olvidadas.

Desde niña aprendí que esas aguas tenían propiedades que ayudaban a paliar ciertas dolencias; lo vi en mis abuelos que bastantes años después de acudir presencialmente a tomarlas, seguían bebiéndolas para tratar algunos males, fundamentalmente de estómago. Sobre todo mi abuelo Francisco, el más fiel al poder curativo de los manantiales que brotaban de los veneros de El Cordel y Fuente Agria. Año tras año, antes de llegar el verano, se aprovisionaba de este líquido. Fueron muchas las veces que, camino de Los Morenos (donde residían mis ascendientes), parábamos en la carretera y por un sendero descendíamos hasta las fuentes para recoger dicho caldo. Agua ferruginosa, rica en hierro sin duda, como quedaba patente en el color de las garrafas que se teñían de un tono rojizo por los posos de los minerales que quedaban fijados en el fondo de las mismas.

¡Cuántas historias surgidas de estas vivencias! Mi abuela Verania, más delicada en salud, quizá fue la que más veces repitió. Y, junto a ella, mi padre de pequeño, la tita Teresa, e incluso años más tarde también mi madre y alguna de mis tías que acompañaban en una aventura que no tenía parangón. A veces, algún vecino de la aldea que también se presentaba y, una vez allí, a compartir espacio y tiempo con otras personas de distinto origen, sobre todo del Valle de los Pedroches, que buscaban el mismo objetivo. Todavía reflexiono sobre el esfuerzo que a mediados de siglo se hacía para remediar algún achaque. En la actualidad, visitar un balneario es disfrutar de múltiples comodidades; pero no era así hace algunos años. Sin embargo, puedo imaginar la felicidad que se alcanzaba. Salir de una aldea para recorrer unos sesenta kilómetros se convertía en toda una odisea. Traslado andando o en carro; la posibilidad de subir al tren en Belmez y ya, desde ahí, casi llegar al destino en Villaharta. Allí, una habitación que ocupaban varias personas y la estancia de unos días diferentes a la vida rutinaria. No dejaban de estar en el medio rural, pero estas jornadas se tornaban distintas: eran días de asueto, de convivencia con otros, de largos paseos por el campo… Un ambiente sano, donde cada tarde las tertulias se dilataban hasta el anochecer.

Un lugar perdido en Sierra Morena con gran importancia a principios del siglo XX y extendida unas décadas después; aguas que competían en importancia con las de Marmolejo o Vichy en este recodo de la sierra cordobesa. Hoy vuelven a ponerse en valor, nace una nueva oportunidad de tornar a lo que fueron.