Un nuevo amanecer, una nueva esperanza


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Vacunación en la residencia de La Trinidad./Foto: Jesús Caparrós

  En el ocaso de un año difícil de olvidar, se suceden en mi pensamiento las escenas de cada lapso de tiempo vivido. Es probable que se nos hayan quedado grabadas a fuego un sinnúmero de imágenes que van a permanecer en nuestra memoria con la fecha concreta en la que tuvieron lugar. El 2020 se estudiará en los libros de Historia de generaciones venideras, pero no va a quedar indiferente en la historia de nuestras vidas; han sido muchas las crónicas personales, los testimonios cercanos, los relatos auténticos que persistirán para siempre en lo más profundo de nuestro ser. Porque hay algo seguro, nuestra existencia se ha basado en una expectación constante ante algo desconocido que ha tambaleado cada ángulo de nuestra sociedad.

   Algunas fechas señaladas han pasado sin pena ni gloria, otras celebraciones se han vivido con más intensidad, tal vez reduciéndolas a lo más íntimo… Parece que el confinamiento transformó nuestro carácter, nos hizo percibir nuestra existencia como seres vulnerables, en definitiva, nos mudó en individuos más sensibles ante la extraña realidad que ha ocupado nuestro día a día y que no nos abandonará tan fácilmente.

   Todavía en la octava de Navidad, haciendo presente la humildad de Dios en un pesebre, es más fácil meditar sobre los frutos de lo acontecido. Según han pasado los meses, dudo que hayamos aprendido mucho, es más, son bastantes los instantes en que me planteo si de verdad hemos aprendido algo. El ser humano tiene memoria selectiva y, movido por una situación concreta, es capaz de volverse más atento con aquellos que ha tenido trato para después volverlos a olvidar sine die. Recibí llamadas de personas cercanas y otras con las que hacía mucho que no tenía contacto allá por el mes de marzo; lo mismo hice yo con otros, detalles gratificantes en circunstancias complejas, con la certeza de que muchos de ellos fueron flor de ese día concreto. En estos días, que estamos habituados a vivirlos en el contexto de reuniones familiares y de amigos, compruebo que las felicitaciones de las Pascuas vuelven a ser las de siempre: en bastantes ocasiones, las que yo hago; en multitud de casos, mensajes de WhatsApp, totalmente impersonales y que se reenvían sin mayor intención; en un reducido grupo, las marcadas por la sinceridad y que año tras año, mejor dicho, en muchos momentos del año, desde el corazón, te vienen a mostrar quiénes son cercanos a ti.

   Quizá este tiempo de reflexión  me ha hecho aprender a descubrir que la Navidad se puede celebrar, en tantas ocasiones, desde la sencillez… He añorado las noches de tertulia en el umbral de una casa bajo las estrellas y con la mejor compañía de personas llanas y afables; una buena sobremesa, sin televisión, recordando las historias de años pasados, conociendo la esencia de nuestras raíces, la historia de nuestros pueblos; cantidad de veranos de verdaderas reuniones familiares… En definitiva, encuentros reales y sinceros con seres queridos, parientes, amigos, en los que compartir tantas y tantas buenas noticias.

   Tiempo para recordar y tiempo para la esperanza. Se empieza a vislumbrar un nuevo año pleno de optimismo. Parece que despertamos de un mal sueño y poco a poco somos capaces de ver destellos de ilusión. Las primeras vacunas han venido a insuflar el ánimo perdido; confiemos en su efectividad.