El atípico curso que termina


Queridos alumnos:

Estas dos palabras me han servido para iniciar el contacto cada día, pero hoy no os voy a dejar la clave de acceso a una videoconferencia ni nos vamos a encontrar delante de una pantalla. Un nuevo curso está llegando a su fin, así lo han augurado las últimas clases que compartíamos hace apenas unos días. Parece mentira, ¿no creéis? Dos meses y medio atrás, un “bichito” bautizado como COVID-19, nos zarandeaba a todos. Se empeñaba en romper nuestros esquemas, obligándonos a modificar las rutinas de nuestro ritmo diario. Fue como si la noche se hubiera cerrado y las tinieblas hubieran cubierto todos nuestros empeños y anhelos, impidiendo el paso de la claridad. En ese final de semana de mediados de marzo, todo era turbio, opaco, oscuro…, nos dijeron que teníamos que quedarnos en casa y las dudas se apoderaron de nosotros. En verdad no se paralizaba nuestra vida, sino que se empezaba a fraguar un cambio al que había que adaptarse rápidamente.

El lunes 16, cuando estaba a punto de estallar la primavera, asistíamos a un nuevo amanecer, incierto, eso sí, como cuando uno se despierta sobresaltado, sin saber si sigue soñando. La única realidad es que habíamos quedado recluidos en nuestras casas, y que íbamos a aprender a través de la experiencia el significado de la palabra confinamiento. Todos los engranajes se habían ido entrelazando desde que el viernes abandonáramos las aulas para afrontar el reto que se nos presentaba; y ahí os encontré, expectantes, tratando de descubrir otras fórmulas con las que no detener el proceso de enseñanza-aprendizaje. En ese momento emprendíamos un viaje, virtual, del que no conocíamos destino ni duración, aunque teníamos la certeza de que no era válida la opción de quedarse en tierra. Se empezaban a escribir unas páginas en la historia de vuestras vidas, que van a quedar para siempre grabadas en vuestra memoria. Es lo que me ha llevado a dejaros estas líneas que tienen un único objetivo: hacer un reconocimiento al comportamiento ejemplar que habéis tenido en todo este tiempo.

Sé que habéis echado de menos el contacto físico, la vida en las aulas, y que habéis descubierto que una pantalla es fría y distante. Sin embargo, creo que se ha tratado de ver lo positivo de cada momento y habéis sido capaces de sentiros cercanos. Así lo habéis demostrado cuando en una clase había un compañero que no podía conectarse o cuando algo fallaba en una exposición; he podido sentir que vuestra unión era verdadera.

A los que termináis ya la carrera esta situación os sorprendió en los colegios haciendo prácticas. Me habéis hecho saber que os ha quedado un sabor agridulce, que ha sido frustrante y difícil, que habéis sentido impotencia y desilusión, que cortar repentinamente no se ha llevado bien, pero que se ha aprendido la lección a pesar de la brevedad y esto os ha supuesto un enriquecimiento.

Los recuerdos de este tiempo los veo hoy como una sucesión de escenas en las que sentados en terrazas, salones, zonas de estudio o dormitorios, hemos conocido a vuestros animales domésticos: perros, gatos e incluso algún conejo que se quería comer las flores que adornaban un bonito patio; han pasado por nuestras pantallas madres haciendo la limpieza, alguna voz en off que decía qué menú tocaba ese día cuando un micrófono se había olvidado abierto, padres que se iban a hacer la compra, algún bebé de apenas un mes que una hermana orgullosa nos mostraba entre sus brazos, sobrinos, vecinos… En definitiva, hemos contemplado la vida de todos y cada uno de nosotros; hemos sabido apreciar cada minuto de las pequeñas cosas.

En esto ha consistido la representación de nuestro viaje. Ahora nos disponemos a bajar el telón de un curso atípico, con la esperanza de que subirá con más alegría para acoger el venidero. Queridos alumnos, gracias por esta lección de adaptación.

 

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