Noches al fresco


El verano está hecho para pasar las noches al fresco, como siempre se han pasado, en torno a una tertulia que se alargue hasta bien entrada la madrugada. La canícula diurna encuentra su oasis en el ocaso del día. Es cierto que en nuestra ciudad son muchos los anocheceres en los que la brisa decide no hacer acto de presencia, pero existen alternativas. Una de las que más me gustan, terminar la jornada en el cine de verano, aunque solamente el soplo del abanico palie el ardor estival.

     Pero la realidad es que no entiendo un verano sin el recuerdo de multitud de noches pasadas al fresco en una aldea de nuestra sierra. Mayores y pequeños que cada mes de agosto nos reencontrábamos como si no hubiéramos dejado de vernos en cada uno de los días del año que pasó. Largas noches de charlas y juegos a la luz de la luna; tiempo de disfrutar de los abuelos que ya, tristemente, partieron de nuestro lado; la suerte de tener una familia infinita, conformada no solamente por la veintena que cada día compartíamos la mesa, sino por aquellos que aunque no te conocieran, recurrían a la típica pregunta, “y tú, ¿de quién eres?”, una cuestión que rápidamente encontraba la respuesta en un desglose pormenorizado de tu árbol genealógico, haciéndote emparentar por rama paterna o materna con vecinos y extraños. Ese era el secreto y la grandeza de las tierras humildes, un secreto que hoy sigue vivo y que se resume, en definitiva, en la felicidad.

    Los umbrales de las casas se convertían en el gran salón que cobijaba a oriundos y forasteros y en el que no faltaban los chascarrillos, acertijos o recuerdos de tiempos pretéritos. Habría que mencionar a tantos que dejaron su huella en nuestras vidas…, que formarían una lista interminable con la que llenar las calles hoy vacías de la aldea. Es imposible olvidar las chanzas de Gabriel, las controversias de la tía Luisa con la tía Josefa, las casas abarrotadas de mi abuela Verania o la tía Teodora, la esquina concurrida de la tía Rafaela, el afán de la tita Teresa por no dejar a nadie sin pan y por atender el único teléfono que entonces existía en el pueblo…

     Pasó ese tiempo, pasaron muchos miembros de nuestras familias, pero en estos días el recuerdo se actualizará y a quinientos metros, en una aldea hermana, volveré a disfrutar de flamantes noches en las que conversar en otro umbral pleno de familiares y amigos. Allí, bajo la luz de la luna y con las lágrimas que vaya derramando San Lorenzo, traeremos a nuestra plática a los que ya solamente ocupan un hueco en nuestra memoria y en nuestro corazón.

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